Una vieja herida

La guerra santa ha quedado atrás, pero para dos de los que fueron Divinos, no es tan fácil llevar una vida normal, pues no pueden estar con la persona amada...

Poco quedaba ya de las guerras pasadas, más para dos de los valerosos guerreros divinos aún todo estaba muy presente.

Para Shun, todo aquello fue el comienzo de una nueva etapa, pues debía encargarse del Inframundo y aprender a ser el mismo Hades para salvar el equilibrio del universo.


Seiya sufría día tras noche por creerse culpable del mal estar de su compañero de armas. El resto de los caballeros habían sido revividos y se empeñaban en llevar una vida lo más normal posible, obvio, sin conocer el secreto que guardaba el más dulce y tierno de los caballeros de bronce.


Todos habían acabado pasando sus días en la mansión, pues en cuanto disponían de tiempo libre, se acercaban a ver a la que fuera su Diosa y los que iban a ser sus sucesores. Ikki siempre se encontraba fuera de la casa, buscando su lugar y casualmente Kanon siempre hacía lo mismo y aunque nunca lo dirían, ya todos eran conocedores de los motivos del antiguo marino y el que fuera el caballero del Fénix.


Por una estricta orden de Saori, todos habían acabado los estudios, incluido los dorados y ahora, cada quien ocupaba su lugar de trabajo, ya fuera dentro o fuera de la fundación. Shun, contrariamente a lo que todos pensaban, se dedicaba en su mayor parte del tiempo a arreglar los imperfectos y destrozos de los ahora, sus espectros.


Bien sabían camuflar este hecho e incluso la misma Saori, decía que se encargaba de ayudarla con los temas de la fundación. De su oscuro secreto solo eran conocedores algunos de los que fueron Divinos y la misma Atenea.


Y puesto que un Dios debió regresar por el bien del equilibrio, esto mismo le había sucedido a Julián Solo, que nuevamente volvía a ser el Poseidón de los mares. A veces se juntaban los tres muchachos y no salían de la oscura habitación hasta la llegada del amanecer, más nadie tenía intención de preguntar lo que allí acontecía. Cada vez que esto acontecía, las entrañas de cierto castaño se arremolinaban sin darle opción ni siquiera a respirar. Hasta tal punto era la casi obsesión que rozaba por su amigo, que no podía dormir tranquilo.


Seiya, que no tenía ni un pelo de tonto, creía conocer los motivos de aquellas extrañas reuniones e incluso más de una vez había escuchado ciertos sonidos pecaminosos procedentes de dicha sala.


Una noche, aparentemente normal, no pudo aguantar la curiosidad y se aproximó hasta la biblioteca, en donde los tres se reunían. Aunque no fue consciente que era seguido por un hombre considerado dorado y mucho menos de lo que a continuación allí mismo sucedería.


El antiguo guerrero tomó al que fuera Pegaso desprevenido y lo acorraló contra la pared tapando su boca.


- Sssh – Le dijo muy bajito para que él solo fuera conocedor – No deberías estar aquí Seiya.


Sin dejar de taparle la boca, quedó callado y aflojó un poco el agarre pero sin soltar al caballero del todo. De la sala procedía el sonido de una cháchara que no parecía muy amigable. En silencio y sin siquiera la intención de moverse, trataron de escuchar lo que allí acontecía.


- He dicho que no. – Se pudo escuchar la voz de Shun, ya un poco más alzada.


- No te recordaba tan aburrido, hermanito – Sin duda esa era la voz del joven Julián Solo.


- ¡Que no soy tu hermano! – Eso sí se pudo escuchar sin siquiera prestar mucha atención a la conversación.


- ¿Ah no? – Volvió a preguntar el ahora Poseidón. - ¿Entonces como y porqué gobiernas el Inframundo?


- Eso no es de tu incumbencia, mi querido Julián – Una voz de mujer se escuchó desde la sala, más era más sensual de lo que solía ser - ¿Por qué no le dejas en paz – Sin duda era más bien provocadora y dulcemente atrayente – Y me tomas un poco en cuenta?


- ¿De verdad crees que no veo lo que pasa? – Preguntó Julián ignorando la suplica de la que era Atenea - ¿Crees que no sé a quien estás esperando?– La voz de Julián casi fue audible en toda la casa, más cuando pronunció la última frase - ¿Qué no sé lo que sientes por ese humano?


- ¡Ya está bien Poseidón! – La voz de Saori resonó en toda la mansión – ¡Hazme caso de una vez y olvida a tu dichoso hermano!


La cháchara cesó más se oyó la puerta abrirse. El caballero dorado se llevó a Seiya consigo y se ocultó en la penumbra tratando de no ser visto. Y el objetivo se cumplió, pues ambos pudieron apreciar como Shun salía de la habitación presa de una desolación no muy propia de él. Los ojos esmeralda brillaban más de lo habitual, intuyendo los caballeros, por las lágrimas retenidas. Dio un portazo tras de sí y dejó a los dos sirvientes de Atenea viendo como se marchaba del lugar. Seiya se quedó inmóvil ante tal imagen, deseaba ir tras su amigo y quitarle ese pesar que ahora él mismo sentía como suyo en su propio corazón.


Al verse suelto del agarre, se giró para enfrentar al que le había detenido.


- ¿Desde cuando Shaka? – Le miró con asombro el caballero de bronce - ¿Desde cuando está así? ¿Quién le causa ese malestar?


Shaka sonrió apenado y tras suspirar, contestó las preguntas del que una vez fue su rival.


- Desconozco quien es la causa o cuál es el motivo más puedo decirte que desde antes de convertirse en el nuevo gobernante del Inframundo.


- ¿Tú lo sabías? – Preguntó Seiya intrigado - ¿Sabías que Shun es…? – No pudo acabar de preguntar pues el mismo Shaka se adelanto a la pregunta.


- Era mi discípulo al fin y al cabo Seiya. Para mí no fue tan grande la sorpresa, pues pude notar el cambio en él, al igual que lo hizo la misma Atenea. – Se acercó un poco más a Seiya y lo agarró del brazo delicadamente – Vámonos – Miró a la puerta de la sala – No deberíamos estar aquí. No es apropiado.


Los caballeros salieron de aquel lugar para volver a sus respectivas habitaciones. Cuando el Pegaso pasó por la habitación que ocupaba Shun, no pudo evitar el aproximarse a la puerta y escuchar atentamente los sonidos del interior. Parecía que Shun estaba haciendo la limpieza, pues no hacían más que sonar golpes dentro de la misma. De pronto esos sonidos cesaron cuando creyó escuchar su nombre entre los sollozos del que consideraba su amigo.


Seiya se quedó ahí plantado sin saber muy bien que hacer. Se moría de ganas de abrazar a Shun y tratar de quitarle ese pesar, pero una parte de él, le decía que no debía entrar, pues podría encontrarse con algo que no deseaba ver. No podía abandonar la idea de que tras la puerta se encontraba el mismísimo Hades, aquel que le hirió de muerte. Se llevó la mano a la herida, aún latente y tras suspirar, se encaminó a su habitación.


Los días pasaban para los habitantes de la casa y la pena de Shun era cada vez más notable y presente. Ya casi no se le veía y ni siquiera comía con ellos. Las pocas veces que se le podía ver, era en el frondoso jardín y parecía absorto en su meditación diaria junto a Shaka.

Seiya, más que curioso, se acercó una noche hasta donde Shaka se encontraba. Necesitaba hablar con él y preguntarle por su amigo, pues no se atrevía siquiera a mirarle a la cara.


- Seiya – suspiró el rubio – Lo siento, no te puedo decir más de lo que te dije hace un par de semanas. – Se sentó en uno de los sillones y Seiya imitó la acción – Por más que intento leer algo en su mente mientras meditamos, ha aprendido a protegerse y no soy capaz de ver nada. No sé que es lo que le puede pasar, aunque creo – Miró directamente a Seiya a los ojos – que quizá solo necesite un amigo con quien hablar.


Seiya apartó la vista de esos ojos azules que intimidaban y pensó en lo que le había dicho el caballero de Virgo.


- Gracias Shaka.


Sin esperar más por parte del rubio, se levantó y salió de la sala decidido a enfrentarse a sus temores.


Shun se encontraba esa noche paseando por los jardines de la mansión Kido, distraído, ausente. Estaba sumergido en sus pensamientos y sensaciones, pues aún no tenía muy bien asumido su rol con el Inframundo.


Tan centrado estaba repasando cada valle, cada características de los espectros, cada rincón del Tártaro, que no se dio cuenta de que era seguido muy de cerca por el que fuera uno de sus mejores amigos.


- Shun – El llamado le sobresalto y quedó parado y sorprendido. – Perdona. No quería asustarte.


- Descuida – Se giró para enfrentar la mirada de su amigo - ¿Qué haces a estas horas en la mansión? Deberías estar por ahí con los chicos.


- ¿Y tú? – Le preguntó intrigado Pegaso – Ya nunca sales con nosotros.

Shun bajó la mirada como avergonzado por el comentario.


- Sí. Es que… últimamente no me he encontrado muy bien.

Bien sabía Seiya que mentía pues no le había quitado el ojo de encima a su secretamente enamorado.


- ¿Te… - Tragó saliva antes de continuar – Te molesta que te acompañe?


- Claro que no – Decía Shun mostrando una de esas sonrisas tan especiales.


Ambos muchachos caminaron por el bosque bajo la luna llena que iluminaba todo el lugar con su delicada luz. Shun paró en seco cuando llegaron a una explanada y se sentó sobre una de las rocas salientes. Seiya encontró otra muy cerca de donde su amigo se encontraba e imitó su gesto.


- ¿Cómo te va? – Preguntó ahora Shun, pues ya era su turno. El joven chico no pudo evitar mirar a donde antaño estuvo la espada clavada, por un breve segundo. Seiya notó este echo y se llevó una de las manos al lugar.


- Pues bien, aunque me ha quedado cicatriz.


Shun bajo la mirada visiblemente entristecido.


- Lo siento Seiya. Yo…. Debí impedirlo de alguna manera.


- ¡Oh! ¡Vamos Shun! Lo que pasó debió pasar y no me preocupa. – Le dijo con una de sus sonrisas provocando un mayor sonrojamiento en su compañero.


- De verdad, lo siento Seiya. – Ni siquiera era capaz de mirar a su amigo a la cara, pues desde su parecer, todo había sido por su culpa, pues todos los recuerdos que tuviera Hades ahora eran parte de él y estaban en su memoria.


Seiya suspiró al ver el pesar que ocultaban los ojos de su amigo.


- ¿Qué te sucede Shun? – Volvió a insistir el caballero de Pegaso. - ¿Porqué te escondes de nosotros? No vamos a juzgarte, si eso es lo que temes.


Shun levantó la mirada hasta el firmamento unos instantes, para después observar los ojos de su amigo.


- No me preocupa el ser juzgado, pues bien sé que no opináis nada malo de mí. Es solo que… - Calló un instante y se mordió el labio inferior como tratando de no decir más de lo necesario – Me cuesta ser yo mismo cuando estoy con… - Se paró un segundo antes de continuar con la frase – …vosotros.


- ¿Hay algo que pueda hacer? – Shun le miró un poco extrañado y este se apresuró a continuar – Digo, para que vuelvas a estar bien con nosotros. No es lo mismo sin ti. – Tragó duro y prosiguió con su declaración frustrada – Te echamos de menos.


¿Qué diablos? ¿Por qué no le podía decir lo que le pasaba? ¿Tan mal se lo tomaría su amigo? ¿Qué le podía pasar? ¿Perderlo? De todas formas tendría que tomar su responsabilidad en el Inframundo y debería de marcharse. No iba a dejar las cosas en el aire, era mejor hablar que seguir en la incertidumbre.


Seiya miraba inquieto a su amigo, que parecía sumergido en sus pensamientos. Con ánimo de sacar a Shun de su mundo, se levantó de donde estaba sentado, con tan mala suerte que tropezó en el proceso y cayó llevándose a Shun con él.


Un segundo después se encontraban en el suelo del bosque. Shun sobre su propia espalda y Seiya encima de este, sujetándose con los codos para no dañar a su amigo. Se quedaron callados e inmóviles sumergidos en los ojos del compañero, como si no hubiera nada más en el universo.

Shun fue el primero en reaccionar pero fue solo un breve segundo en donde bajó su vista para aposentarla en los carnosos y marrones labios de Seiya.


Este notó la petición silenciosa de Shun y se fue acercando lentamente hasta llegar a rozar esos labios rosados que tanto le provocaban. Fue un roce delicado, sutil pero lleno de sentimiento y dulzura. Los segundos pasaron y dieron paso a un pequeño juego de lenguas por explorar la cavidad del oponente.


El beso se tornó más apasionado y lujurioso hasta que no pudieron continuar con aquella incómoda posición.


Se separaron sin decir ni una palabra, pues estas ahora sobraban. Volvieron a perderse en la silenciosa mirada del otro durante un tiempo incalculable para después fundirse en un nuevo beso más apasionado y extenso en el tiempo. Ahí seguían ambos sin poder articular palabra más que sus muestras de cariño.


Shun se incorporó un poco haciendo que Seiya realizara la misma acción y haciendo que este se sentara, se posicionó por sobre las piernas de Seiya para comenzar una nueva ronda de besos.


Despacio y tratando de no romper el beso, Seiya fue sacando la camisa que Shun llevaba en ese momento, al tiempo que el mayor despojaba a Seiya de la parte superior. Ambos con los torsos desnudos, comenzaron a acariciarse lentamente comenzando un nuevo beso.


La lujuria se hizo presa de ellos sin saber en que momento ocurrió. Ya desnudos bajo el cobijo de la luz de la luna y el rumor de las hojas de los frondosos arboles siendo llevados por el viento, se convirtieron en un solo ser. Seiya entraba despacio en el cuerpo de su amigo, al tiempo que este se aferraba fuertemente de su cuello.


Cuando la primera embestida acabó Shun le susurro en el oído a Seiya.


- Siempre te he pertenecido, Seiya.


- Mi corazón solo late por ti, Shun – Respondió el menor para después capturar nuevamente la boca de Shun.


Se fundieron en un nuevo beso apagando así los gemidos que tal placer les producía. Shun aferrado a las caderas de Seiya, se movía al ritmo marcado por el Pegaso. Seiya comenzó a masajear el duro miembro de su pareja al ritmo de las embestidas.


Ambos caballeros se dejaron llevar por la pasión que les acompañaba en el momento y acabaron llegando al clímax, uno en la mano del otro, el otro derramándose en el interior del uno. Cansados por el reciente ejercicio se dejaron caer sobre el frío suelo quedando sus miradas enfrentadas. Cuando el aliento se les volvió presentes, fue Seiya el que rompió el hielo, levantándose de donde estaba.


- Lo siento. No debí. – Comenzó a ponerse las ropas que estaban esparcidas por el césped.


Shun sorprendido por la actitud de Seiya, se incorporó de golpe y le sujetó el brazo con firmeza.


- ¿Te arrepientes?


Seiya miró los ojos de Shun y pudo ver tristeza en ellos, por lo que se agachó quedando a la altura del muchacho.


- No me arrepiento, pues no sé desde cuando te amo. Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida, pero… - Soltó las mejillas de su amigo que habían estado atrapadas entre sus manos – No debí hacerlo Shun. Ahora temo que me mires con pena.


- ¿Pena? – Se sorprendió Shun. - ¿Cómo voy a mirarte con pena? Si eres es el ser que yo más amo.


Ahora era Seiya el sorprendido pues jamás pensó en los sentimientos de Shun.


- ¿Cómo dices? – Se volvió a posicionar cerca de Shun y quedó nuevamente prendado de su mirada. - ¿Qué acabas de decir?


- La verdad Seiya. Solo he dicho la verdad. – No apartaba la mirada de su amigo por mucha vergüenza que estuviera pasando en ese momento, pues era “ahora o nunca” – Es por ti que aún late mi corazón.


Seiya comenzó a reírse ante aquella declaración, más por nervios que por no creer en ello. Shun sorprendido y apenado por la reacción de su amigo, se levantó de golpe y comenzó a vestirse apurado por salir de aquel momento.


Seiya, al ver que Shun se apresuraba a marcharse, se adelantó a sujetarlo del brazo impidiendo du marcha.


- Shun, espera. – Le dijo mientras le atraía del brazo hasta su cuerpo – No me reía de lo que me has dicho. Me reía por mí, por lo absurdo de la situación – Al ver los ojos de Shun abiertos nuevamente de par de par, se volvió a corregir – No, no, no, no. Quería decir que es culpa mía por no pensar en esto. – Atrajo un poco más a Shun hasta quedar apegaditos nuevamente – Te amo Shun Kido y no hay nadie en este mucho que me haga más feliz que estar contigo.


Shun quedó impactado por la declaración y se volvieron a enfrascar en un apasionado beso bajo la luz de la luna.


Aquel fue el comienzo del tratamiento que curaría una vieja herida de guerra.

FIN

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