La última guerra de los divinos

Una nueva guerra se establece sobre los divinos... ¿Serán capaces de llevarla a cabo con buen fin?

Allí se encontraban los cinco santos, sumidos en la oscuridad que les rodeaba, tan solo iluminada por la diminuta luz frente a ellos. La intensidad de aquella luz era inestable, acompasada al sonido que se escuchaba.


Ikki, el mayor de los santos, ya se había enfrentado a aquella luz y aunque había salido victorioso, aún sentía la necesidad de seguir con aquella guerra declarada.


Seiya, cansado, casi sin fuerzas, apelaba a Atena para que le diera las fuerzas necesarias para ganar aquel nuevo combate. Ya casi no le quedaba ropa en el cuerpo, pero seguía peleando como el buen guerrero que era.

Shun, el más sensible o débil, como le solían ver, miraba directamente a aquella luz, apretando fuertemente el metal entre sus manos. Leves gotas de sudor caían por su frente y su corazón latía desmesurado, nervioso por aquel momento que acontecía.


Shiryu, que ya había dado todo contra aquella luz, se dejó caer en el suelo, cansado por aquella incesante batalla. Respiraba entrecortado, producto del ejercicio realizado, mientras observaba al último guerrero que faltaba por emprender aquella acción.


De pronto, Hyoga, sintiendo el apoyo de todos sus camaradas, se acercó a aquella luz, con todas sus fuerzas y apretando fuertemente aquel metal, que había recibido por parte del caballero de Andrómeda.


Los otros cuatro caballeros, miraban a Hyoga avanzar sin temor ante aquella nueva amenaza frente a ellos. Hyoga llenó de aquel aire enrarecido sus pulmones y se dispuso a pelear con todas sus fuerzas. No podía permitirse el lujo de no acabar lo que sus compañeros no habían podido. No quería y no podía ser menos que ellos, pues sus camaradas y hermanos confiaban en él. Solo él quedaba para vencer y solo él iba a ganar como los divinos se merecían.


De pronto el sonido se hizo más audible y tras notar el apoyo de sus amigos sobre él, alzó aquel metal a la altura de la cara y abrió sus ojos para fijarlos bien en el objetivo. El duelo estaba por comenzar….

De pronto, la oscuridad se esfumó del lugar, al tiempo que la puerta de aquella habitación se abría.


Saori, la que era su Diosa, se encontró un panorama digno de ver. Los muchachos, descamisados, estaban cara a la televisión, aunque con sus miradas puestas en ella misma. La televisión mostraba un pequeño muñequito rubio frente a unos obstáculos que debían ser esquivados.


Sus guerreros, sudorosos en ese momento, se encontraban esparcidos por la habitación, algunos aún recobrando el sentido y Hyoga, frente al mismo aparato, descalzo, encima de aquel pequeño cuadrado, mientras el muñeco que le representaba era golpeado por una enorme bola de metal.


- Veo que la consola os ha derrotado. Os dejaré para que libréis vuestra batalla. – Sacó un poco de su ironía ante aquella escena – La Diosa Atena, os confía esa misión.


Y tras decir esto, los santos quedaron de nuevo solos, a oscuras, frente aquella luz que les retaba a continuar una batalla que no podían perder…

FIN

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