Flor Marchita

¿Que sucede cuando se pierden las ganas de luchar? ¿Cuando te das cuenta que estás en el bando equivocado y pierdes lo único que te mantiene con vida?


Esta historia narra un poco la vida de Afrodita de Piscis como caballero dorado hasta la derrota a manos de Shun en la batalla de las doce casas.

El mar le regala una vista hermosa, de las más bellas que podía haber visto hasta el momento. La brisa y el salitre le alcanzaban en el peñasco en donde estaba sentado. Ausente a esa situación, con la cabeza entre sus piernas, tan solo escuchando el leve sonido del agua chocando contra las enormes rocas. Si hubiera levantado la vista habría podido apreciar como el sol le daba las buenas noches, escondiéndose en el lejano horizonte. Suspiró pesadamente y se levantó de aquella fresca roca. Debía regresar pues su toque de queda estaba cercano. No es que tuviera que llegar puntual ni mucho menos pero su condición así se lo exigía: Nada de contacto humano.


Caminó por aquel sendero que solo él conocía y llegó a su templo, en donde decidido, se adentró en el jardín trasero. La mayor parte del tiempo lo pasaba en aquel rincón alejado. Siempre había sido así. Pensó en cómo habría sido su vida, si las cosas fueran de otra manera. Quizás, si su padre no hubiera fallecido, él seguiría en Suecia con sus amigos de la infancia. Aunque no podía engañarse, aquello tampoco tenía salida pues siempre le habían menospreciado por su aspecto afeminado. Suspiró mientras paseaba por el jardín, comprobando aquellas rosas, que tan solo crecían por y para él.


De nuevo, se sentó en medio del jardín, y dejó que su cuerpo se acomodara en el húmedo césped. Recostado en su posición, observó el firmamento que comenzaba a mostrar su esplendor. Extrañaba el cielo nocturno de su cuidad natal, siempre teñido de colores azules y brillante, no como el cielo griego, siempre falto de color por más estrellas que salieran. De nuevo, viajó a su infancia. ¿Qué le había hecho estar en aquel lugar? ¿Qué fue lo que le llevó tan lejos de su tierra? A su mente vino su maestro, aquel que lo acogió en ese, ahora, su templo, al fallecer su padre por una extraña enfermedad. No pudo más que dejar escapar las lágrimas, lágrimas que salían solas desde que tomara aquel destino. Volteó el rostro y contempló una de sus rosas blancas, las más peligrosas, las más mortíferas.


Llevó su mano hasta alcanzarla y la arrancó por el tallo. La observó detenidamente, era hermosa, delicada, perfecta. Cerró los ojos y concentró su cosmos en su dedo índice. Quería probar, verificar si aún conservaba aquel horrible veneno corriendo por su sangre. Una pequeña espina salió entonces en su dedo, provocando que comenzara a salir aquel líquido carmesí. Rozó entonces la rosa, esperando que bebiera de este, que se saciara todo cuanto quisiera, más muy a su pesar, no pasó nada. La sangre tan apenas si llegaba a manchar aquella pura flor. Con frustración, estrujó aquella flor entre sus manos. No era eso lo que él ansiaba que pasara.


Suspiró y se levantó de aquella tierra verde y se adentró entre aquellas rosas dormideras, en donde, al fondo, había una pequeña imagen suya. Que poco le importaba que creyeran que aquel acto era por vanidad. Él sabía la causa real para tener una réplica en ese jardín. Alzó momentáneamente su cosmos y apareció un abasto de rosas de múltiples colores. Se hizo con una y se posicionó en pose de ataque. Cerró los ojos levemente, poniendo todo su empeño en aquella labor y lanzó la primera rosa a la figura. La rosa pareció dar en el clavo, al menos, aún andaba bien de puntería. Se desquitó lanzando todas las que había hecho aparecer, dando todas en el centro del corazón. Cansado y realmente frustrado, optó por practicar la última técnica aprendida, aquella que juró no emplear. No es que no lo hubiera intentado ya, pero conservaba la esperanza de que algún día, no soportara aquello y falleciera en el intento.


Qué más le daba a él si no tenía a nadie con quien hablar, a nadie a quien amar. Tan apenas si cruzaba algunas palabras con el resto de caballeros y no hablemos de los civiles pues eso lo tenía más que prohibido. No podía arriesgar la vida de nadie solo por estar en su presencia. Se colocó frente aquella copia suya y extendió sus brazos, alzando su cosmos al máximo, alcanzando el octavo sentido para ello. Cerró los ojos para centrarse en su cuerpo, en su sangre, en aquel maldito veneno. La ira en él crecía, él no debió pasar aquella prueba. Su sangre no debió fundirse con aquel líquido mortal. Y sin embargo, ahí estaba, siendo en esos instantes rodeado del polen de aquellas rosas únicas. Estaba a punto de lanzar suEspinas carmesícuando algo impacto contra su cuerpo, derrumbándolo al suelo.


- ¿Eres idiota o qué? ¿Qué pretendes? ¿Matarte?


Aquello le dejó en blanco, tan sorprendido que apenas si alcanzó a moverse. Su vista quedó impactada por los ojos del que era su interlocutor. Este se puso de pie y tras sujetarlo fuertemente del brazo, se lo llevó tras de sí. Tiró de él hasta sacarlo de aquel jardín y adentrarse en el templo. Sólo allí soltó aquel agarre, del que había sido presa, al tiempo que volteaba para gritarle nuevamente.


- ¿Acaso te has vuelto loco?


Parecía que había comenzado a reaccionar pues ante aquella pregunta agachó la mirada como pidiendo disculpas por el acto que estuvo a punto de cometer. Aun así, en ese mismo instante alzó la cabeza con altanería. No recordaba haber visto ni una vez a esa persona que había pasado por entre sus rosas sin ningún problema. Él no era nadie para interponerse en su camino y menos de aquella forma tan forzada.


- ¿Y a ti que mierda te pasa? ¿Quién te ha dado permiso para irrumpir así en mi entrenamiento?


- ¿Entrenamiento? ¿Qué crees? ¿Qué me chupo el dedo? – Se dio la vuelta con la intención de marcharse – Sólo a mí se me ocurre meterme en donde no me llaman – Ando unos pasos y giró sobre sí mismo para mirarlo con expresión frustrada – ¡Mátate si quieres!


Salió del último templo y lo dejó solo, en medio de aquel sitio cerrado. Necesitaba con urgencia soltar todo aquello que estaba preso en su interior. Tomó todo el aire que pudieron retener sus jóvenes pulmones y gritó hasta quedar de rodillas, a penas sin aire.


Cuando recuperó el aire, se levantó y se dirigió hasta el salón del patriarca. Debía hablar con él, preguntar si existía alguna forma de salir de la cárcel en la que se encontraba sometido. Subió la escalera con prisas, sin darse cuenta de cuan empinado era el tramo o cuantos escalones había. Llegó a la sala del patriarca y esperó hasta que los guardas le dieron paso. No llevaba puesta su armadura pero al parecer, aquellos guardias ya conocían quien era. De inmediato, se acercó hasta aquel trono hincando la rodilla en el suelo.


- Acompáñame Afrodita de Piscis.


Acotó la orden dada por el Patriarca y le siguió a una distancia prudencial hasta un pequeño balcón, en donde se acomodaron a petición del mismo capataz.


- Sé a lo que vienes pero me temo que no pueda concedértelo.


- Pero… - Iba a protestar o decir algo mas el Patriarca con un gesto de la mano le hizo parar aquella acción.


- Afrodita – Suspiró aquel hombre con máscara - No puedes abandonar tu puesto. Te recuerdo que tú mismo aceptaste ese….Requisito– Aunque en su mente estaba bien clara la palabrasacrificio. – Fue solo una condición la que se te exigió, a cambio de poder ser el caballero que eres ahora.

El silencio les acompañó brevemente. Necesitaba pensar en lo escuchado. Sí era cierto que él había aceptado dicho término, pero no tuvo más opción. Su sangre ya estaba más que contaminada para ese momento. Inaudible, entonces, su partida hacia “el mundo exterior”. Viendo que no podía sacar nada más de aquello y un tanto decepcionado, se levantó de aquel asiento con la intención de marcharse.


- Con permiso.


Anduvo unos pasos más la voz del Patriarca le hizo detenerse.


- Didrik – Aquel apelativo hacía mucho tiempo que no lo escuchaba por lo que volteó para enfrentarse a aquella máscara plateada – No estás solo en esto. Hoy mismo llegó el que será el caballero de cáncer de su entrenamiento. De seguro podéis ser grandes amigos.


- ¿El caballero de cáncer? – Pensó entonces en aquel muchacho que le había sacado de su jardín, impidiéndole llevar a cabo sumisión.


- Así es. Regresó esta tarde y ha estado aquí hasta hace un rato. – Parecía que aquellos ojos le estaban indagando el alma, atravesando su cuerpo hasta llegar a ella – Es extraño que no te lo hayas cruzado.


Tuvo que apartar la mirada para que el Patriarca no viera sus colores. Claro que, de seguro, ya sabía a ciencia cierta que así había sido. Volvió a hacer una reverencia para poder salir de aquel recinto.


- Con permiso.


Salió lo más a prisa que pudo del sombrío lugar. Si aquel muchacho había llegado recientemente, desconocía del mal que podían haberle causado sus rosas. Ahora le urgía llegar hasta el cuarto templo para conocer su estado. Si uno solo de sus pétalos lo hubiera rozado, en verdad correría un grave peligro y más cuando su cosmos estaba al nivel máximo.

Evitó el paso de los templos bajando por la angosta colina, tan sólo accesible a los caballeros allí residentes. Se adentró sin pedir permiso en el templo de cáncer, asustándose al encontrar gotas de sangre en aquella entrada. Se concentró en buscar la fuente de aquella sangre y le llevó hasta la parte alta del templo, en donde el muchacho yacía en el suelo casi inconsciente.


- ¡Mierda!


Se apresuró más en llegar hasta el chico canoso, se arrodilló a un costado de este y lo atrajo hasta su regazo. Debía comprobar el estado de su sangre, por lo que alzó de nueva cuenta su cosmos buscando algún rastro de veneno en él. No encontró veneno pero sí notó unas leves heridas producidas por susrosas demoniacas.


Se alzó del lugar y cargó con él hasta la primera habitación que encontró. Lo dejó sobre el colchón y buscó en el botiquín algo con qué curarlo. Al fin y al cabo, ese inconsciente había arriesgado su vida por él. Suspiró cuando regresó a la cama y le quitó la parte superior de la ropa, volteándolo para curar mejor aquellas heridas. Suspiró nuevamente y quedó parado, mirando a aquel muchacho.


No sabía si podía curarlo sin llegar a causarle más daño. Dejó lo que llevaba entre manos en una de las mesitas adyacentes y regresó al baño, a buscar en el botiquín los guantes de látex.


Cuando regresó, el muchacho estaba ya despierto, acomodado de mejor manera en la cama y con la povidona iodada en la mano, tratando de auto curarse. Se apresuró a acercarse a la cama y le quitó aquel frasco de las manos. Sin reproche, esperó a que volteara nuevamente y se colocó tras él para curar de mejor manera aquellas heridas. El silencio les acompañaba en aquella cura, más fue el actual caballero de Piscis quien lo rompió.


- No debiste hacerlo. Podrías haberte matado.


- Pero no paso nada ¿no? – El chico era, por demás, seco y tajante, cosa que le parecía normal después del trato que él mismo le había dado. - Pues ya está.


Suspiró y prosiguió curando sus heridas en silencio, hasta que acabó con aquella tarea. Se levantó de la cama y tras guardar el material y limpiarse las manos, regresó a donde el muchacho se encontraba. Se quedó a una distancia prudencial, mirando como aquellos ojos rojizos le observaban atentamente.


Mostró una leve sonrisa.


- Me… – Se encontraba nervioso. No estaba acostumbrado al contacto humano y menos a que lo miraran con tanto ahínco – llamo Didrik, aunque… - Aquellos ojos se le clavaban en el alma, provocando que se tiñeran de color carmín sus mejillas – todos me conocen como Afrodita.


- ¿Afrodita? ¿Qué eres? ¿Una tía?


Aquello provocó que sus mejillas se colorearan más. ¿Cómo debía actuar en una situación así? Le entraron ganas de patearle el trasero por aquella grosería pero si iban a ser compañeros, debía comportarse.


Guardó su furia para otro momento más aquel muchacho se encontraba mirando por la ventana de aquella habitación, pensando en algo de seguro.


- Máscara de la muerte


- ¿Qué? – Preguntó sorprendido ante lo dicho por el muchacho.


- Aquí todos tienen sobrenombres, ¿no? Pues me gusta Máscara de la muerte. – El muchacho le sonrió provocando que le devolviera el gesto. – Aunque mi nombre es Ángelo. Sólo tú lo sabrás, ¿De acuerdo?


Amplió más su sonrisa, parecía que aquello era una tregua. Asintió con aquella sonrisa en el rostro y se acercó un par de pasos hasta él.


- Es un trato.


El muchacho de cáncer lo miró con una expresión extraña antes de devolverle la sonrisa. Este estiró la mano en señal de confirmación de aquel pacto pero al guardián de piscis se le fue la sonrisa de golpe.


- ¿Y ahora que te pasa? – Preguntó bruscamente el recién llegado.


- Yo… - ¿Estaría bien si lo decía? No es que le gustara que todos los supieran pero si iban a convivir en ese lugar, debía, al menos, avisarle una vez – No puedo tener contacto físico con nadie.


- ¿Porqué? ¿Tienes la lepra o algo?


Ladeo la cabeza al escuchar la pregunta, al tiempo que pensaba en cómo zanjar ese asunto.


- Veneno.


- ¿Qué? – Ahora fue el turno del chico canoso de indagar por lo escuchado.


- Tengo… - ¿Podía sentirse peor acaso, como para encima tener que repetirlo? Suspiró sin poder ocultar el color rosado de sus mejillas – Veneno en la sangre. Es… - Mantenía la mirada fija en el claro suelo de la habitación – Por… - ¿Una maldición? - Las técnicas que poseo.


- ¡Oh!


Un leve silencio se instó entre ellos. Dita seguía contemplando el suelo, esperando que le pidieraamablementesalir del templo, como ya le habían hecho algún que otro caballero. DM por su parte pensaba en lo escuchado sin poder evitar, el fijarse en aquel muchacho rubio y solitario, que había intentado quitarse la vida, haciendo explotar su cosmos. El mismo Patriarca le había hablado de ese chico pero no le explicó el porqué de su aislamiento. Ahora entendía el motivo que le llevó a cometer aquel intento de suicidio. El mismo que le había llevado a él, al saberse portador de almas al otro mundo. Suspiró sin apartar la vista de Afrodita y se acercó hasta él con una sonrisa.


- Yo me encargo de llevar las almas ala gran colina. – De nueva cuenta sonrió y le tendió la mano - Por lo que soy inmune a tu veneno.


Esa declaración le dejó perplejo. ¿Había alguien inmune a su veneno? ¿Tenía aún esperanzas de entablar amistad con otro ser humano? Recordó lo dicho por el Patriarca y, aunque con miedo, le tendió tímidamente la mano para estrecharla con la suya.


El contacto duro un poco más del necesario. Estaba realmente disfrutando de aquel contacto, tan extrañado durante tanto tiempo. Las lágrimas volvieron a invadir sus ojos por la emoción. Se soltó repentinamente y le dio la espalda para limpiar su llanto. Fue tarde pues el muchacho ya lo había visto.


Sonrió de medio lado y dejó que el rubio se desahogara, de seguro se sentía solo en aquel enorme lugar. Recordó su condición de caballero y le entró el miedo, por lo que decidió comportarse como un niño más. Con una sonrisa pícara en el rostro, le tocó varias veces el hombro hasta que le hizo voltear.


- ¿Cómo os divertís en este sitio?


- ¿Divertirnos?


Máscara de la muerte rodó los ojos. De seguro iba a ser entretenido verle volver a la realidad. Con esa ladeada sonrisa, colocó su brazo derecho por sobre los hombros del caballero de Piscis y le incitó a salir del recinto, por supuesto, con un buen incentivo.


- Creo que esto va a ser divertido.


Y lo había sido hasta ese momento.


Pudo sentir su cosmos alterado, de seguro batallando contra alguien poderoso. Ángelo se estaba debilitando pero no tenía opción de ayudarlo. Impotente rogaba desde fuera de su templo mientras preparaba aquel camino de rosas. Rogaba por su vida, porque pudiera salir ileso de aquella cruda batalla. Se sorprendió a si mismo limpiando las lágrimas que salían de sus mejillas mas debía acatar aquellas órdenes dadas por el nuevo Patriarca.


A sabiendas de la traición debía cumplir con ellas. Como Patriarca le había prometido llevar una vida lejos de esa prisión, lejos de esas ruinas y cerca de la gente. Quizás estaba equivocado pero no había tenido nada que perder hasta ese momento. Se maldijo por estar tan lejos de DM, por no tener ese poder que él poseía, por no poder hacer nada desde la distancia.


Acabó aquel trabajo y se apresuró para descender hasta la cuarta casa. Debía ir, estar allí para ayudar a su único amigo. Atravesó el templo corriendo a la velocidad de la luz pero no pudo salir de él pues la imagen del Patriarca se había presentado delante suya.


- Esos traidores han atravesado las cuatro primeras casas sin problemas. Permanece en tu puesto. No permitas que lleguen hasta mí.


¿Las cuatro? No. No. Aquello no podía ser, no podía estar pasando. Se levantó del suelo en donde había caído y se centró en buscar el cosmos del cuarto guardián. Lo encontró, débil, al borde de desaparecer.


- ¡No!...


Salió corriendo del templo, sin importarle lo que el Patriarca le había dicho. Llegó hasta la puerta trasera de Acuario y se desplomó en el suelo, de rodillas. El cosmos de Ángelo les había abandonado. DM había sido derrotado en manos de unos jóvenes caballeros de bronce.


Apoyó sus manos en el suelo para recobrar el aliento mientras las lágrimas caían copiosamente al suelo. Ya nada tenía sentido. Guardó su furia y rabia contenida. Ahora esos niñatos se la pagarían, aunque tuviera que dar la vida, no los perdonaría. No tras haber dado muerte a la única persona importante en su vida.


Se levantó y regreso a su templo a esperar a que llegaran.


Porque sí, el veneno ardía en sus venas. Quería enfrentarlos, desgarrarlos, matarlos lenta y dolorosamente. Ahora ya poco le importaba su vida. Por primera vez, ansiaba la muerte de personas, la muerte del resto de sus camaradas para poder ver a los asesinos del guardián de la cuarta casa.


Espero y espero, notando como todos sus compañeros fallecían en aquel combate. Impaciente, notó como llegaron a la casa del Escorpión. Bien. Ya quedaba menos para hacerles picadillo. La sangre le hervía, el veneno de su cuerpo estaba en auge, así como sus rosas, brillantes, hermosas, preparadas para la batalla. Volvió a asegurar aquel camino tras su templo. Aunque alguno pasara jamás llegarían a la cámara del Patriarca, de eso ya se había encargado él. Los minutos pasaban así como las horas, planeando, maquinando, esperando que esos desgraciados llegaran a su templo.


Pensaba, recordaba fragmentos de su vida como caballero, de su novida como civil. Y si vencían entre todos a los caballeros de bronce ¿qué iba a ser de él? ¿Qué si la única persona que tenía ya no estaba?


Se maldijo mil y una vez por no haber ayudado a su amigo, por haber permitido aquella pelea. ¿Qué ganaba él con toda esa treta si ya había perdido la esperanza? Se mantuvo firme pues aún tenía una misión que cumplir.


Y la hora llego, solo dos jóvenes muchachos llegaron a la entrada de piscis.


Poco le importó que uno de ellos pasara de largo pues le esperaban sus queridas rosas dormideras. Luchó contra el otro joven muchacho aunque más bien se dejó arrastrar....


Había tenido tiempo más que de sobra para meditar la situación. Y así fue que decidió ignorar las advertencias, ignorar al muchacho que luchaba con tanta perseverancia y ahínco, a él que tenía algo por lo que vivir.


Lanzó su último ataque pero no el más poderoso, esperando a que su vida finalizara como siempre debió ser.

Al menos ahora estaría en la gran colina junto a su querido Ángelo, que de seguro estaría esperando por su llegada.


FIN

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