Adversos

Los detectives Kido han sido contratados por la familia Solo, para investigar a la banda "los motoristas del infierno".


Ikki, jefe de la agencia de detective, acaba haciendo que su hermano Shun desempeñe el "papel" de infiltrado en la banda, para obtener información.


Lo que no saben, es que Shun no solo obtendrá la información deseada...

PRIMER ENCUENTRO

Cada vez que conseguía escaparse de esos guardaespaldas, era como una aventura que le hacía sentirse como, supuso, debía sentirse cualquier niño normal.


Volvió a mecerse sobre el columpio y sonrió cuando la adrenalina se agolpó en su estómago.


Aquello estaba muy bien. Sí, sin duda, eso podría llamarse libertad. Lejos de sus estrictos y paranoicos familiares con sus restrictivas normas.


Aceleró el movimiento sobre la superficie metálica y acabó riendo, limpia y puerilmente; tan sólo disfrutando de su momento de libertad.


__


Era un muchacho tranquilo y, en ciertas ocasiones, pecaba hasta de reservado. Por eso mismo, en el instante que le encomendaron aquella misión, aceptó raudo y sin miramientos; a su ver, ir a la tienda a adquirir provisiones era mil veces mejor que tener que compartir sala de juegos con sus primos mayores.


Miró el pequeño paquete de regaliz dulce y sonrió travieso. Suerte que era bueno en cálculo y siempre conseguía ahorrar un poco para disfrutar de algún dulce durante el camino.


Se llevó una a la boca, notando el sabor agridulce y alzó el rostro, sólo para disfrutar de una vista inusual, dada la hora en la que se encontraba: casi media noche.


Se aproximó hasta el niño rubio, que disfrutaba en soledad del columpio y esperó un instante, tan sólo advirtiendo de lo mucho que el chico estaba gozando de aquel balanceo. Sopesó si interrumpir pero el roce de la bolsa de la compra, fue definitivamente, la traicionera.


El chico rubio dio un elegante y ágil salto desde el balancín metálico y cayó con gracia a unos pasos de él.


Sus ojos, enormes y de un azul único, casi dejan sin habla al muchacho de origen español.


— ¿Quieres? – ofreció en son de paz, la regaliz de su paquete. – No pretendía asustarte.


El chico rubio siguió observando al muchacho moreno y a lo que fuera que le estaba ofreciendo; mientras en su mente, las palabras de su familia, resonaban con fuerza: «no tomes nada de extraños», «podría ser una trampa» y la que más le molestaba, aún a pesar de su pronta edad: «los humanos son perversos. Huye si te encuentras con alguno»

Pero él no veía maldad en aquél muchacho, ni mucho menos.


Boqueó un segundo, antes de recobrar la posición erguida sin dejar de observar al moreno, que había conservado la posición de entrega de aquello que fuera lo que comía. Se mordió el labio inferior y optó por dejarse llevar por sus instintos.


— Gracias. – tenía modales; ya habían pagado sus padres por ello. – ¿Qué es eso?


Despacio, acortó la distancia, aún no muy seguro y sin dejar de observar aquél dulce que el muchacho moreno, había extraído del estrecho paquete, dividido en dos y cedido la mitad en su dirección.


— Regaliz – el intercambio estaba hecho: la mitad intacta estaba en manos del rubio - que olfateaba aquello como si fuera un animal curioso - y la parte ya mordida, regresaba a la boca del moreno; que optó por tomar asiento en el columpio anexo. – ¿No la has probado nunca?


El rubio miró al recién llegado antes de llevarse ese palo extrañamente pegajoso a los labios. Su primera reacción no se hizo esperar, provocando la risa clara e inocente del moreno.


— Espera un poco – le dijo el español – Merece la pena.


Aún con ese mohín de repulsión, hizo caso al chico, no sin antes, volver a tomar asiento en el columpio que había ocupado previamente. Unos segundos y el gesto de repulsión fue cambiando a uno de gusto, admirando aquel palo con otros ojos: estaba rico, muy rico. Volvió a dar otro bocado... Y otro, hasta casi devorarlo sin miramientos.


— Regaliz... – susurró lamiendo, por último, elpicapica de sus dedos.


Estos si estaban ácidos pero con cierto tinte de dulzor. Acto seguido, el rubio volvió a mirar al recién llegado, comenzando a zarandear el columpio; observando cada rasgo y movimento de éste, con extrema curiosidad.


— ¿Estás perdido? – indagó el moreno, abriendo una nueva bolsa de chucherías y entregándole el paquete a su nuevo amigo – Mi nombre es Shura, por cierto.


El rubio sopesó de nuevo la siguiente acción pero la curiosidad fue mayor. Alargó el brazo y tomó un objeto con forma de oso, de intenso color rojo. Sus ojos se abrieron mucho; quizá, por el supuesto sabor de aquel dulce. Se lo llevó sin mucho apuro a la boca y lo degustó sin mayor pena. Sin embargo, ese no le resultó tan agradable como el anterior.


— Afrodita – el disgusto se notó en su rostro, a lo que Shura, ofreció otro oso de color distinto. El marcado acento extranjero, denotaba que no llevaba mucho tiempo en la zona – Escapé.


Shura asintió mientras se llevaba un par de osos indiscriminadamente a la boca y los devoraba sin más.


De pronto, el sonido de hombres corriendo y hablando un idioma extraño, llegó a los oídos de ambos niños. El muchacho rubio se levantó de golpe y miró alrededor: estaban cerca.


— ¡Vamos! – tomó la mano del muchacho español y tiró de éste para comenzar una carrera, que sólo él, sabía dónde les llevaba.


Por momentos, miraba hacia atrás, buscando aquellas voces que le seguían y si no era raudo, acabarían por alcanzarle.


Justo tras él, y en momentos a su lado, Shura corría como si aquello fuera una prueba de supervivencia; de esas que llevaba años haciendo junto a su familia entera. Sin embargo, el miedo estaba bien plasmado en los ojos del muchacho rubio: ¿De quién huía con tanta desesperación? Sus ojos buscaron un refugio, tal como sus padres le habían enseñado. Y dió con uno. Se detuvo en seco, tirando de su compañero y cambiando el rumbo de la carrera.


— ¡Por aquí! – el rubio se vio sorprendido por el tirón; empero, se dejó guiar por el moreno, que parecía más seguro de lo que él estaba en ese momento.


Los pasos de ambos se detuvieron cuando, tras correr unos minutos por un pequeño bosque, se detuvieron justo bajo el más frondoso de los árboles.


— ¡Sube! ¡Rápido! – Shura empujó al rubio, señalando a la zona alta de las ramas.


Afrodita, no tardó ni un segundo en comenzar a trepar, con una agilidad extraordinaria e innata. Alcanzó la superficie de madera y se estiró sobre ésta para tender la mano al moreno, que acabó trepando segundos después.


Cuando ambos estuvieron en aquella extraña cabaña, tan sólo el sonido de sus respiraciones se escuchó durante un instante. Instante en las que sus miradas se cruzaban y esquivaban por igual. Al final, fue el muchacho sueco quien rompió el silencio.


— Gracias.


Shura asintió, se acomodó lo mejor que pudo en aquella superficie y extrajo de nuevo la bolsa de osos de gominola. Tendió ésta al rubio, que negó alzando también la mano izquierda. Shura se encogió de hombros y se llevó un par a la boca.


En su corta vida había sido entrenado para en situaciones como esas, esperar cauteloso y en silencio; observar el entorno y preparar algún plan de escape. Tareas demasiado complejas para niños de su edad pero que resultaban extrañamente gratificantes para él. Y era bueno... Tanto que sus primos siempre ponían trabas extras para impedir su avance. Observó la espesura del bosque y detuvo su deglución de osos, en cuanto escuchó los primeros pasos cerca.


Justo en frente, el rubio se puso en guardia, observando fijamente la dirección de donde procedían las luces. El tono azulado de sus ojos, por un pestañeo, cambio a una tonalidad extraña, casi rozando el rojo intenso; o se le pareció al moreno, pues sus miradas se volvieron a encontrar, ahora siendo el sueco quien en un sólo gesto, pedía que guardara silencio.


Ágil y sin emitir sonido alguno, el rubio se posicionó de rodillas, sacando medio cuerpo de aquella superficie y alargando la mano hacia el suelo. Shura no pudo identificar qué idioma susurró, haciendo aquello. Un segundo después, el rubio lucía sonriente, retomando de igual manera, su anterior posición.


Fue su turno de asomarse, curioso por lo que habría hecho el chico y lo que vio, rompió toda lógica en su cabeza: todo el tronco, así como el casi árido suelo, estaba cubierto de una capa de musgo y pequeñas flores. Capa que parecía llevar ahí años, dando a entender a cualquiera que vislumbrara aquel árbol, que era una zona más que abandonada.


Su cometido fue correcto, pues aunque el par de hombres - que antes les estaban persiguiendo - pasó por la zona, no creyeron posible que nadie hubiera pasado por ahí sin dejar rastro.


En cuanto se vieron libres de aquella persecución, el muchacho rubio suspiró y recobró la serenidad de su rostro angelical.


— Lo lamento – se disculpó, jugando con su cabello y señalando la bolsa de comida de su, ya, amigo –. Deben estar esperándote.


Shura miró la bolsa y se encogió de hombros. Ya conocía a su familia como para saber el motivo real por el que lo habían mandado a comprar.


— No me esperan hasta el alba.


La sonrisa más hermosa que había visto jamás, se plasmó en el rostro del muchacho rubio. No era para menos pues, al fin, por primera vez en su vida, compartiría más de una mirada con un humano. Sin pudor alguno, gateo hasta quedar sentado junto a Shura, le robó la bolsa de osos y metió la mano para devorar con parsimonia un par más de esos.


— Mi nombre real es Di. – el acento sueco seguía resonando en cada palabra – ¿Amigos?


Por segunda vez en ese breve tiempo, Shura sonrió con sinceridad. Tendió su mano frente al rubio y esperó que éste hiciera lo mismo; y aunque tardó un par de segundos, así lo hizo.


— Amigos.


Ambas manos quedaron unidas, mientras sus miradas se reconocían. Ese sería su primer encuentro pero no el último; de eso, ninguno tuvo duda.


DIECISÉIS

Una edad complicada.

Decían.


Negó con fuerza, extrayendo su ya habitual regaliz, para llevarla a la boca sin contemplaciones. Por más que creciera o pasara el tiempo, algunos detalles no cambiaban.


Caminó con parsimonia hasta dar con aquel parque cercano y se detuvo entre en el montón de tubos metálicos dejados caer hacía años. Se agachó y miró dentro de ellos.


— Traje regaliz – sacó un nuevo paquete y lo introdujo en el tubo a modo de ofrenda.


Ni un segundo y ya había sido arrancado de su mano. Dió un par de pasos atrás para ceder terreno y dejar espacio a su amigo, que cada día lucía más pálido pero hermoso.


— Gracias – abrió la bolsa y se llevó el dulce a la boca, antes de acomodarse en el tubo, frente a Shura.


Su pronunciación había mejorado tanto que no se podía decir que aquel muchacho fuera el mismo que hacía seis años había encontrado huyendo. Aunque su porte elegante y esa agilidad de movimento había mejorado con el tiempo; tanto así que, por instantes, creía encontrarse con algún miembro más de su extravagante familia. El rubio dio otro bocado a su regaliz y miró a Shura sin siquiera pestañear


– ¿Y la tuya?


— Ya me la comí – contestó sincero.


Afrodita asintió y partió su dulce para entregar la mitad a su amigo. Sonrió complacido cuando éste lo tomó y se acomodó de mejor manera sobre el frío metal


– ¿Tu familia? – indagó, tras comer un poco de dulce – ¿Porqué te sigue mandando a comprar siempre tan tarde?


Shura encogió los hombros.


— Realmente no me importa – se acomodó justo al lado de su rubio amigo – Prefiero pasear que estar con mis primos.


— Ah... – siguió interrumpiendo el rubio – Deberías darles una paliza – ese rostro lució altanería y prepotencia. Sin embargo, para Shura no era nuevo, ya habían pasado seis años desde su primer encuentro – Así entenderían.


— Mi familia es tozuda – prosiguió el español – Creerían que ando retando y pondrían más empeño la próxima vez. – el moreno negó y observó a su amigo comer.


— ¿Porqué te escapas, Di? – tomó el valor, al fin, de preguntar – Es decir, me encanta encontrarte y que tengamos estos momentos pero, ¿es mala tu familia? ¿Son malos contigo?


Afrodita dejó de comer aquel dulce para observar a Shura un instante. Instante que aprovechó para sopesar su próxima acción. Apartó la mirada y suspiró.


— No son malos... – susurró, quizá quería convencerse de ello – Sólo temen que me pase algo estando con... – «humanos» decir eso no era prudente. Se corrigió sobre la marcha – extraños.


De pronto, recordó algo. Terminó su regaliz de un bocado y se volvió a meter en el tubo de metal. Salió, segundos después, con un pequeño objeto en la mano y esa hermosa sonrisa en el rostro.


— ¡Mira! – le tendió el objeto a Shura – Lo hice para tí.


Las manos de Shura, ahora, soportaban el pequeño dije que su amigo le había entregado. Sus ojos se entrecerraron al ver la obra maestra con detenimiento: de un círculo perfecto de la más fina plata, sobresalían un par de cadenas rígidas del mismo material. Ambas, sujetando una piedra - perfectamente pulida - del más puro marfil. En el centro de la misma, un gran zona de rojo translúcido llamó la atención del español. Alzó el dije y lo llevó hasta la altura de sus ojos, provocando que la leve luz de luna entrase por esa rendija, realzando así su intenso y hermoso color.


Afrodita, en todo momento, conservó el porte mordiendo su labio inferior. Era la primera vez que creaba algo tan preciso y concreto. Sólo esperaba que Shura disfrutará de éste, tanto como él había disfrutado haciéndolo.


— Lo hice pensando en tí – se confesó, el rubio, jugando con las puntas de su ya largo y rizado cabello. –. Para mí, eres ese punto cálido en el frío mármol, que es mi vida. – se apresuró a mirar al español y gesticular en el aire – Aunque, si no te gusta, no tienes que quedartelo.


— ¿Si no me gusta? – Shura dejó de observar el objeto para enfocarse, fascinado, en el rubio. Todo su cuerpo reaccionó a esa extraña declaración. Apartó con cuidado el cabello de su amigo y se aproximó sin darse cuenta – Es lo más bonito que me han regalado nunca – se sinceró, para después, extraer el collar de su familia, y colocar en esa cadena dicho dije – Lo llevaré siempre conmigo.


La sonrisa del sueco, fue más amplia y hermosa que antes, si aquello hubiera sido posible. Ambas miradas se encontraron cuando Shura terminó de colocarse el colgante y el silencio reino entre ellos.


Sin embargo, la sonrisa en ese pálido rostro, no duró mucho. Colocó ambas manos bajo sus muslos y apartó la mirada hasta dejarla posada en el suelo.


— Me marcho, Shura.


— ¿Marcharte? – el corazón del muchacho moreno, latió con extrema fuerza. ¿Tenía que irse tan pronto? – ¿Tan pronto?


— Mi familia... – la voz del sueco bajo de decibelios, así como su tonalidad paso a tener melancolía en ésta. Al parecer, sería más difícil de lo que ya había imaginado – Se mudan al este. Dicen que aquí no está lo que buscan.


— ¡Pues que busquen mejor! – de la molestia sentida al comprender las palabras de su amigo, Shura acabó abandonando su lugar y quedando de frente al rubio.


Empero éste negó aún sin mirar a Shura.


— No van a cambiar de opinión, Shura. – se encogió, ahora él, de hombros – Siempre es así.


En un acto reflejo, el español se agachó y quedó cerca de su amigo, retirando un mechón rizado de su rostro y obligando, a éste, a encontrar su mirada. Un instante sólo de ellos; instante que el español aprovechó, además, para rozar la pálida mejilla y Afrodita, cerrar los ojos para disfrutar de ese leve pero intensamente cálido roce.


— No quiero irme, Shura. – las miradas volvieron a encontrarse – Quiero quedarme contigo.


El moreno, de edad complicada, entrecerró los ojos, frustrado pero lleno de convicción. Tomó el rostro de su amigo con ambas manos y acortó todo espacio con él, depositando un beso en esos labios aterciopelados.


— Entonces, quédate. – habló después de ese roce.


Roce, que ambos sintieron en lo más profundo de su ser. El sueco, negó, sintiendo que se destrozaba algo en su interior pero con una extraña sensación de calidez en el rostro.


— Marchamos mañana. Al atardecer.


— ¡Me niego! – se levantó, Shura, de su posición y tomó la mano de su amigo para comenzar a andar sin rumbo fijo. – ¡Vamos!


— Shura... – preguntó nervioso el rubio, sobre seguir sin dudar, los pasos de su amigo. – ¡No puedo! – se detuvo haciendo que el moreno también cediera en el avance. – No lo entiendes pero tengo que ir con ellos.


— ¡Pues no! ¡No lo entiendo, porque nunca me dices nada! – dejó que la edad hablara por él – ¿Porqué? ¿Porqué debes irte con ellos si siempre huyes? – soltó la mano ajena y gesticuló, frustrado – ¡En mi casa lo tendrías todo!


— ¿En tu casa, Shura? — preguntó Di, algo nervioso – ¿Con tus primos? – volvió a indagar – ¿Aquellos por los que acudes aquí cada noche?


— ¡Ni se te ocurra meterte con mi familia, Afrodita! – enojado, aunque más por la perdida de su amigo que por la mera mención a sus arrogantes primos – ¡Eso sólo lo hago yo!


— ¡Oh, perfecto! – alzó los brazos el sueco al cielo, él también dejó escapar la frustración de la manera más pueril posible – ¿Porqué no regresas con tus amados primos y les dices lo mucho que disfrutas de su compañía – hizo otro gesto altanero, ocultando su pesar tras esas palabras –, Shura?


— ¡Lo haré! – accedió al costado de los tubos metálicos, tomó las bolsas que había dejado ahí tiradas y volteó para mirar al rubio – De hecho, ¡Lo haré ahora mismo!


— ¡Pues Adiós! – Afrodita se dió la vuelta y regresó a su escondite no tan secreto.


— ¡Adiós! – respondió el español, dejando el parque casi a la carrera.

Dentro del tubo, el rubio comenzó a patalear de la misma frustración. Sí, los humanos eran perversos... ¡Malditos!; porque ningún dolor experimentado hasta ese momento con su familia, tenía comparación con el que Shura acababa de provocarle. En una última pataleta, los tubos saltaron por los aires y la figura del rubio destelleó entre ellos.


Fue señal suficiente para que los dos hombres, literalmente, aparecieran frente al rubio. Pero no, el joven sueco no lloraría; no por un maldito y pueril humano.


Vamos a casa – ordenó a los hombres frente a él, en aquel idioma que sólo ellos empleaban; y éstos, acotaron la orden, tomando sendos brazos del muchacho y desapareciendo dejando un haz de luz allá donde estaban.


Cuando la luz acabó de iluminar el parque, sólo quedó el sonido de los tubos cayendo, que resonó con estruendo en mitad de la noche.


CADENA

El tintineo de la cadena resonaba sobre sus oídos, así como el golpeteo de la misma, palpitaba a la altura de su pecho.


Detuvo el trote para lanzarse al suelo y arrastrarse bajo el pequeño hueco sobre el fango. Repto lo más ágil que pudo y retomó la carrera tras salir de aquel angosto recoveco.


- ¡Más rápido! - escuchó a su padre a sus espaldas, aplaudiendo y haciendo sonar el silbato que siempre le acompañaba - ¡Estás muerto! - se atrevió a mirar por el rabillo del ojo, para ver como su primo, el mayor, quedaba enredado entre las cuerdas de una ficticia trampa para humanos.


Se maldijo a sí mismo y aceleró el paso, antes de trepar lo más rápido que pudo la siguiente prueba: una tabla de madera de 10 metros de altura y sin ninguna cuerda a la que aferrarse para saltar. Pero él, siempre calculador, ya había trazado su plan para salir de aquel "supuesto" callejón sin salida.


Retrocedió unos pasos y comenzó a correr, acelerando para saltar sobre un cubo de basura y tomar así, el impulso necesario para agarrarse al tope de la pared. De ahí, ya trepó hasta quedar en la parte alta.

El silbato de su padre volvió a sonar, haciendo a todos partícipes del último acontecimiento.


- ¡Muerto! - señaló a otro de sus primos - ¡Fin del juego!


Desde su posición, arriba de la tarima, Shura apoyo ambas manos en las rodillas, doblando su posición y recobrando el aliento. Después, miró a su alrededor y tomó una gran bocanada de aire: la forma más fácil de bajar de ahí, era agarrarse a la rama más cercana y usarla como liana para descender. Sin duda, su padre subía el nivel de las pruebas cada vez que las preparaba.


Sin embargo, cuando fue a tomar la rama de aquel árbol, divisó un pequeño destello de luz en la lejanía de la colina. Frunció el ceño y apresuró el regreso junto a su padre.


- Padre... - susurró una vez a su lado.


No fue necesario más pues éste también había avistado la luz.


- ¡Todo el mundo al sótano! - gritó mientras empujaba a sus sobrinos y a su hijo en esa dirección.


En ese instante, la madre de Shura, salía de la casa, ballesta en la espalda y estaca en la mano. Detrás de ella, sus tíos y parientes de mayor edad, abandonaban la casa, armas en mano.

Shura fue detenido por su padre, que le tendió una de las estacas con mayor tamaño.


- Si llegan a entrar, ya sabes qué hacer.


El joven adulto asintió, tomó el arma y siguió su camino hacia el sótano, donde tenían órdenes de esperar a que pasara la batalla.

No era su primera vez pues desde dos años atrás, se vio involucrado en una emboscada improvisada por su familia.


Sí era cierto lo que se decía; que no es lo mismo imaginar que presenciar un encuentro con un vampiro: son letales, ágiles y extremadamente difíciles de matar. Sin embargo, su familia tampoco andaba falta de experiencia. Su apellido, así como su emblema, gritabacazadoresdesde tiempos inmemoriales y él, no iba a quedarse atrás.


Aferró la estaca al cinturón que cargaba a la altura del pecho y accedió al sótano, donde sus primos, ya esperaban armas en mano.


El silencio fue su acompañante hasta que un enorme estallido, procedente del jardín, reventó uno de los ventanales. La voz del jefe de familia, se escuchó a través de ésta.


- ¡A los autos! - los jóvenes comprendieron la orden. Los vampiros eran mayores en número - ¡Rápido!


Todos acotaron la orden, corriendo a la mayor velocidad posible hasta el enorme granero, en donde guardaban los autos.


Sin embargo, su primo el mayor no era muy ágil, convirtiéndose en una posible presa fácil. Shura, sopesando las opciones de escape y supervivencia, se vio obligado a decelerar el ritmo y acompañar así a su primo.


Tal como pensó, justo cuando iban a entrar en el granero, la presencia de uno de esos seres, les sorprendió. Raudo, empujó a su primo dentro del recinto y se preparó para una batalla, que no sabría si podría ganar.


Se dispuso a tomar la estaca pero fue agarrado por la parte trasera del cuello y arrastrado, de esa manera tan dolorosa. Pero él - experimentado en luchas cuerpo a cuerpo - aprovechó su propio peso para balancearse y colocar la balanza a su favor.


Cuando sintió que el agarre perdió presión, volteó por completo, estaca en mano y lanzó un ataque que habría acabado con el vampiro que le acechaba, en un sólo movimiento.


Sin embargo, se detuvo en cuanto la estaca rozó la piel blanca de su acosador y sus ojos se encontraron con los de la fiera despiadada.


- ¿Shura?... - la mirada del cazador se encontró con la del vampiro; que para ese momento, había soltado al humano al que estaba dando caza.


- ... Tú... - Shura apenas si pudo balbucear. Frunció el ceño y tragó la saliva que quedó detenida en su garganta. Sin embargo, recordó su labor. Cerró los ojos y volvió a levantar la estaca, con la intención de atravesar a ese engendro - ¡Maldito!


El sueco, más crecido, esbelto y bello, miró con cierta pena al humano. Pero ya no había dolor, como años atrás sí hubo. Tomó aire por última vez y se quedó inmóvil. Sí debían darle caza los humanos, agradecía que fuera él quien lo hiciera. Cerró los ojos y esperó el impacto en su pecho.


Pero el impacto chocó contra el lateral de su cabeza, en la robusta madera del viejo portón. Sus ojos azules volvieron a encontrarse con los marrones, cosa que provocó cierto vuelco en su pecho.


- ¡Mierda! - reprochó el que una vez fuera su amigo, volviendo a dar un golpe contra el portón. La fiereza que vio en sus ojos, no la había encontrado antes. Se veía más adulto, robusto, fuerte y decidido; ya no había rastro de aquel niño que compartiera sus gominolas con él. Eso provocó por demás al vampiro, que apartó la mirada. - ¡Maldito seas, Di!


- Yo...


- ¡Cállate! - gritó el humano, casi iracundo, levantando de nuevo la estaca. Gruñó dando una vuelta sobre sus pasos y acabó dando la espalda a su amigo. - Vete.


Afrodita pestañeó al escuchar aquella última orden. Ahora que lo había vuelto a ver, no tenía intención de volver a perderle la pista. Acortó el espacio e hizo ademán de tocar al humano.


Pero, aún así, Shura demostró lo mucho que había cambiado. Tomó a éste de la muñeca, hizo una pequeña llave y lo llevó con fuerza contra el portón, quedando el rubio apresado entre la madera y su cuerpo cálido.


El rubio gimió sin pretenderlo ante el ágil y rápido movimiento. Era su primera vez en una de esas malditas comitivas familiares y estaba fracasando estrepitosamente.


- Me haces daño... - habló desde su inapropiada posición. El español cerró más el agarre, provocando un nuevo gemido por parte del sueco.


- Ni se te ocurra volver - susurró el español en su oído. La sensación de tenerlo de nuevo tan cerca, recorrió todo su cuerpo, haciendo que actuara sin voluntad; mordió la superficie de piel que quedaba expuesta hasta su hombro y siguió hablando, en el oído ajeno - porque si vuelvo a verte, juro que te mato.


Quiso responder el vampiro pero, cuando se vio desprovisto de todo agarre, Shura había desaparecido tras el portón y los autos, salieron chirriando las ruedas.


Dentro del auto, el padre de Shura preguntaba a éste como había ido todo. El ya adulto moreno, tensó la mandíbula y mintió, sin dejar de mirar por la ventanilla; informando que había uno menos de aquellos monstruos.


- Viajaremos al sur - añadió su padre, informando a todos, incluyendo por el walkie-talkie- El resto nos espera allí. Al parecer han estado muy activos en ésta zona. Allí planearemos el siguiente movimento.


En el viejo establo, Afrodita no corrió mejor suerte pues sus padres habían observado su penosa actuación.


- Menuda decepción - escuchó decir a su padre mientras éste pasaba cerca y pateaba la tierra a su lado. Afrodita bajó la mirada y cerró los ojos, tomando la muñeca herida con la otra mano.


No dolían las palabras de su padre, tampoco su desprecio perenne, ni mucho menos la muñeca herida... Lo que más dolía, era haber vuelto a encontrar a Shura y saber que ahora, tan sólo era un enemigo.


-¡Vamos! ¡Volvamos a casa!- ordenó su padre a todos los que quedaron vivos tras ese ataque fallido.


Se levantó del suelo y acotó la orden, así como hacía el resto de la familia.


Con la llegada del alba, la vieja casona quedó abandonada.

 

PURA SANGRE

Aún no había puesto un pie en la enorme casona que hacía las veces de hogar, cuando su padre tiró de su cabello y lo arrastró hasta la pared más cercana.


-¿Porqué lo dejaste escapar?- indagó en el idioma antiguo de su especie.

Afrodita no quiso contestar, quizá, porque ni él mismo tenía respuesta.


El golpe no se hizo esperar, así como el nuevo tirón de cabello hasta dejarlo postrado en el suelo.


-¿Y tú eres un pura sangre?- un nuevo golpe, está vez con el pie, impacto sobre su estómago. La saliva que expulsó su padre, cayó junto a su rostro -¡No eres más que un despojo!


- ¡Basta! -irrumpió su madre en la estancia, corrió hasta su hijo y lo tomó en sus brazos, mirando desde su posición al que era su marido -¡Es nuestra herencia!


-¡Antes muerto que entregarle el clan a este engendro!- volvió a escupir el capataz antes de desaparecer de la estancia.


En cuanto éste se fue, la mujer miró a su único hijo y retiró un par de mechones para observar el moretón que comenzaba a aflorar por su pálida piel. Acarició la mejilla de éste y se levantó, instando a su pequeño a hacer lo mismo.


-No se lo tomes en cuenta, ya sabes cómo se pone cuando fracasan sus misiones -no entendía como su madre podía defender a ese hombre. Todos en el clan temían sus reacciones. - Cuéntame - prosiguió la buena mujer, cediendo una taza llena de líquido rojo intenso a su hijo -¿Qué hiciste está vez?


El joven vampiro tomó la taza por obligación y miró el contenido, tal como muchas otras veces había hecho. Dió el pequeño trago de rigor y depositó ésta sobre la mesa nuevamente, antes de contestar.


- Se me escapó... Un humano - su voz fue baja, dando a conocer que no quería hablar del tema pero su madre, no iba a quedarse así pues, seguía creyendo a su esposo, un ser amable y bondadoso.


- ¿Sólo eso? - ella si dió un gran sorbo al liquido y se sirvió un poco más -Padre no se pondría así por algo tan simple. ¿Estás seguro que no pasó nada más? Quizá, te entrometiste entre él y su presa sin darte cuenta. Aún eres inexperto.


Suspiró el menor. A pesar del amor que sabía que le procesaba su madre, ésta jamás creía sus palabras y había aprendido a, simplemente, darle la razón.


- Seguramente fue eso, madre.- tamborileo los dedos sobre su pierna y enfocó su mirada en la mujer que le trajo a éste mundo -¿Puedo retirarme?


La mano fría de su madre, pasó por su mentón antes de sonreírle con benevolencia.


- Claro, cariño. Sé que te esforzarás más, de ahora en adelante.


Di asintió y dejó la estancia. Quería estar a solas y el único lugar que tenía para ello - lejos de los ojos de los malnacidos guardaespaldas - era un viejo árbol medio tumbado en la parte norte del jardín.


Un par de saltos y ya estaba en aquella vieja copa, que tanto le había acompañado desde su llegada a esa morada, hacía ya diez escasos años.


Ahí, nadie le buscaba ni tampoco le molestaba. Era su lugar; su rincón; aquél sitio donde podía comer regaliz humana y crear canicas de mármol.


Frotó la zona entumecida de su rostro y suspiró. Empero mientras lo hacía, sus ojos se desviaron a una de sus creaciones más antiguas: una replica del dije que le regaló a Shura; sólo que éste, lucía tonalidades tierra y rosadas. Alzó la mano para tomarla, llevándosela al pecho en cuanto la tuvo en sus manos.


Suspiró y volvió a admirarla, sintiendo un inmenso calor en su pecho y cierto quemazón en sus labios. Cerró los ojos y recordó el encuentro...

Esa forma de darle órdenes y domarlo a voluntad... Gimió sin querer. Su edad, ahora, era por demás complicada.


Estaba comenzando la edad juvenil; esa en las solo puedes dejarte llevar por lo que siente tu cuerpo, y volver a ver al español... Tomó aire, notando cierto cosquilleo en la zona más impura de su cuerpo.


De ser humano, habría apelado a cualquier Dios. Cerró los ojos y bajó su mano, impasible, hasta su propia entrepierna. Que poder de atracción tuvo Shura sobre él...

 

Gimió de nueva cuenta, ahora, con la mano por dentro del pantalón holgado, mientras ésta se movía sin pudor y la otra, sujetaba con fuerza el viejo dije.


Y así, entre recuerdos y las nuevas sensaciones vividas con el humano que una vez fuera su amigo, sintió que sucumbía ante el más bajo pero puro placer. Mordió el filo de su prenda superior y dejó que su semilla fuera expulsada a voluntad, mientras retenía los jadeos de placer.


Lejos de aquella casona, bajo la estrecha ducha de una vieja y olvidada caravana, el agua arrastraba el fruto de placer del español; mientras éste, estaba con la respiración aún acelerada y la mirada perdida en el desagüe.


La culpa y la vergüenza eran sus compañeras en ese momento; pero también la excitación y ¿porqué no afirmar lo evidente? La alegría por volver a tener delante un espécimen tan endemoniadamente atrayente.


Se maldijo mientras golpeaba la pared de la ducha con fuerza. No le importó quebrar la repisa de la hornacina ni el sangrado adyacente se su mano. Su mente y su cuerpo, estaban lejos... En aquella puerta del granero, apresando a Afrodita entre su cuerpo y la misma mientras éste jadeaba.


Tomó una gran bocanada de aire y cerró el paso del agua. Ahora, quería centrarse en curar la estúpida herida que acababa de hacerse.


Salió de la ducha, tapando la parte baja de su cuerpo con la oscura toalla y se ubicó en el lavabo estrecho de la estancia; justo para casi dar un brinco de sorpresa. Frente a él, al otro lado del espejo, juró ver el rostro del bello vampiro.


Acortó todo espacio, retiró el vaho del espejo pero no vio nada más que su reflejo. La vista bajó hasta la cadena que aún llevaba. El color rojo, hasta ese instante apagado, lucía tal como el día en que él se lo regaló: un tono rojo brillante, hermoso aún a pesar de su translucidez y extrañamente llamativo.


Lo tomó con la mano ensangrentada y lo alzó, poniendo la piedra en dirección a la luz y observó dentro. Tal como en sus recuerdos, pudo ver a Di a través de él. Sin embargo, más allá de sentirse descolocado ante aquella locura, siguió mirando, curioso.


El rubio se encontraba en la cima de un árbol, cargando un dije similar en una mano: una diminuta figura de la canica de mármol, miró hacia ambos lados y alzó su dije. Pudo ver su rostro entonces, sus ojos estaban rojos y uno de ellos, lucía un enorme golpe; golpe que supo que no había sido provocado por él pues jamás podría tocar ese rostro tan perfecto.


Por un instante y a través de esos diminutos dijes, sus miradas se encontraron. Afrodita dijo algo que no consiguió entender. Entrecerró los ojos y se esforzó por leer esos labios inolvidables, sin embargo, el doble golpe sobre la puerta, rompió el momento.


- ¡Que no estás sólo! - era uno de sus primos; que también debía usar la ducha.


- Ya salgo - respondió, molesto ante la intromisión.


Levantó el dije de nuevo pero aquella perla marmolada, ya había perdido su brillo nuevamente. Suspiró y la dejó caer, de nueva cuenta, sobre su pecho.


Para cuando el alba llegó, ninguno de los dos había tenido descanso. Cada uno, acotando las órdenes dadas o impuestas por sus familiares.

CAZADORES

Los menores ya habían sido enviados a distintas tareas. El mayor de sus sobrinos era el encargado, ahora, de ir a la tienda a traer los víveres. Sólo recordar cuánto disfrutaba de aquellas escapadas, le sacó una discreta sonrisa. Aunque, recordar el acto banal que acababa de cometer, le hizo sentir mal.


Era adulto, sí pero, en ocasiones, aún seguía sintiéndose el niño perdido y solitario que solía ser. Tomó una de las cervezas de la nevera y se acomodó en una de las sillas del diminuto salón, para esperar al resto de mayores, que fueron llegando a su ritmo.


La sesión comenzó cuando estaba por terminar la bebida y tomar otra. Aún así, a los ojos de su familia, no era suficientemente mayor como para repetir dicha bebida. Así se lo hizo ver su padre, que en cuanto se levantó para tomar un nuevo botellín, le retuvo del brazo y negó con la cabeza.


Shura siguió la indicación dada, siendo segundos después, cuando el mayor de todos, tomó el lugar presidencial de la mesa, apoyando ambas manos y esperando que el silencio fuera presente en la habitación.


- Bien - comenzó el discurso, su abuelo paterno -, ¿alguno tiene alguna pista de que coño buscaban en la casona?


El silencio, siguió presente en la sala. El viejo, tomó asiento; ya se notaba su edad avanzada.


- Asumo que tampoco sabemos si nos estaban buscando a nosotros. - siguió hablando, llevándose un mondadientes a la boca - Estamos jodidos, familia.


- Lo que fuera que buscaran, no lo encontraron - continuó la madre de Shura, entregando un vaso con medicamento al mayor de ellos, que gruñó al ver el contenido. Sin embargo, lo tomó sin mayor protesta que una mueca de disgusto - Cuando abandonamos el granero, la luz se hizo presente.


- Sí, debieron marcharse justo entonces - añadió el tío menor de Shura, alzando el rostro del papel que dibujaba -, el grupo era considerablemente grande. Unos diez miembros - siguió hablando, cediendo el cuadernillo a los presentes.


En éste, diez hojas dibujadas, cada una con un rostro diferente pero idénticos a los vampiros a los que se enfrentaron. Tres de los dibujos habían sido tachados, a medida que pasaban de mano en mano.


- Si lo que querían, era buscarnos, nos encontraron - afirmó su padre, luciendo orgulloso. Pasó el cuaderno a su hijo mayor y cabeceó, dándole a entender que era su turno - Shura se estrenó con creces.


El mentado tomó el cuadernillo con una mano mientras con la otra, tomaba el enorme rotulador de tonalidad roja. Sabía que se esperaba de él... Lo que ocurría, es que, no había más que mentira: no había dado muerte a ninguno de ellos; más bien, lo había dejado escapar por un estúpido sentimiento pueril.


- Si no hubiera sido por él... - escuchó, con pesar, la voz de su primo - quizá ahora no estaría aquí.


Tensó la mandíbula pero actuó con la capa de frialdad que siempre mostraba; tomó aire con extrema discreción y pasó hoja por hoja, en busca del retrato que su tío había hecho de su viejo amigo.


Sin embargo, algo no encajaba. Su tío no era de olvidarse de ninguno de sus oponentes; pero Afrodita no salía en ninguna de esas hojas. Su frente se frunció sin querer. «¿Qué hago?» pensó «¿Delato a Di?»

Las opciones eran escasas: si tachaba a cualquiera de esos al azar, y éste volvía a atacarles, tendría serios problemas con su familia; y a la vez, si se sinceraba, diciendo que faltaba un vampiro entre esos retratos, pondría en tela de juicio a su tío.


Alzó el rostro y se encontró con una mirada sería y, para nada, benevolente. Por el contrario, parecía que su tío estaba tratando de mandarle algún mensaje encriptado, que no supo identificar... O no quiso hacerlo.


- ¿Es éste el que buscas? - habló el mayor, entregándole directamente una nueva hoja, que había guardado para sí.


En éste, una bizarra y malformada imagen desuAfrodita, se veía con claridad. Pero el corazón comenzó a latir con mayor intensidad cuando su tío, cedió ésta imagen a cada uno de los miembros de la familia. Sintió cierto recelo: Nadie más que él tenía derecho de apreciar su rostro y belleza.


- Éste, es el primer pura sangre nacido en siglos en el clanBielke(*) - se acomodó de nuevo frente a Shura y siguió hablando sin dejar de mirar a su sobrino - Su primera caza, al parecer. - alzó una ceja, ladeó el labio y prosiguió - Se agradece que ya no esté en el clan, porque de conseguir más experiencia, habría acabado con todos nosotros en un sólo pestañeo.


La amenaza no expresada, así como la duda cayó sobre su persona, al son de un murmullo generalizado en la sala.


- Un pura sangre... - susurró su padre, ausente en sus pensamientos - Inexperto, entonces. - miró, entonces, a su primogénito y le cedió al fin la imagen de un sádico Afrodita - ¿Cómo lo hiciste, hijo?


Todos los ojos de la sala, recayeron sobre Shura, que para ese momento, había optado por perderse en la imagen del engendro de su mano. Nada que ver con su Afrodita; sin embargo, sí sintió las miradas sobre su persona y la expectativa de éstos por saber cómo había dado muerte a un pura sangre.


Un pura sangre...


Ahora, todas las experiencias vividas con él, cobraban sentido: desde la creación del musgo y las flores, hasta esa última y reciente experiencia en la baño de aquella diminuta casa. Aunque, asoció todo aquello a ser parte de los vampiros.


Abrió la boca cuando su primo pequeño, le dio una palmada sobre el homoplato izquierdo, instandole a contar cómo le salvó la vida.


- Le pille desprevenido - dijo tras encogerse de hombros -, si era su primera misión, pudo estar distraído o... Presionado, quien sabe.

Volvió a centrar su mirada en el retrato, lo dejó sobre la mesa y tomó con firmeza el rotulador, sólo para hacer una cruz sobre la enorme cara dibujada.


- Estarán enojados, chico - Habló, de nuevo, su abuelo; con una enorme sonrisa en el rostro - nuestro Shura, todo un cazador de pura sangre.

La carcajada no se hizo esperar; ni tampoco la celebración por las nulas bajas existentes en su familia.


Sin embargo, y aún a pesar de saber disimular, la duda y el miedo, se instauraron en lo más profundo de su ser: Afrodita era un maldito pura sangre... Y él, le había dejado escapar, poniendo en riesgo a toda su familia; incluido a sus sobrinos más inexpertos.


Cuando la noche volvió a caer y todos quedaron dormidos, dejó la casona para caminar a solas y fumarse un cigarrillo lejos de los ojos de sus parientes.


Lo que no esperó, menos aquella noche, fue encontrar un paquete de regaliz sin abrir, en donde acababa de poner sus posaderas, tras prender el cigarro y darle la primera extensa calada.


_____


* Bielke: Aún existente. Es la segunda familia noble más antigua de Suecia.


REGALIZ

— Lo lamento – la voz que tanto temió escuchar, resonó a su espalda.


Se levantó de aquel bancal con un ágil movimento; lanzó el cigarro al suelo y extrajo - del bolsillo interno de su gabardina - un par de estacas de tamaño pequeño y de tiro perfecto. Se ubicó a unos pasos del rubio en posición de ataque pero éste, ni siquiera se inmutó.


Por el contrario, caminó hasta el bancal, pasando con cierta altanería, por el lateral del cazador y se acomodó en éste, con una pose en extremo elegante. Miró el paquete de dulces y alzó la ceja del ojo izquierdo.


— Supongo que no te gustó la ofrenda del lamento – tomó éste y lo abrió para llevarse la regaliz a la boca, ignorando la sensación de alerta que lanzaba el que fuera su amigo. Dió un segundo bocado y un tercero, antes de que Shura se relajara y él, continuara hablando – ¡Cierto! – rompió el silencio, chasqueando los dedos – Te gustaban más los osos de gominola. – alzó la mano hacia el cielo oscuro y la palma de ésta brillo, haciendo aparecer un paquete de esos osos. Los dejó a su lado y volvió a mirar a Shura – ¿Esa ofrenda sí la aceptas?


El español sopesó todo aquello un instante. Soltó el aire y abandonó la posición de alerta, guardó ambas estacas y regresó al bancal, tomando asiento junto al sueco y, a su vez, la bolsa de gominolas. Habían pasado años desde que comiera una de esas. Las abrió con cierto resquemor... Que fue cediendo a medida que entraba el dulce en el cuerpo.


Las miradas se buscaron por milisegundos y volvían a rechazarse; así como en su primer encuentro. Shura, dada su posición, observó a la perfección el moretón en el rostro ajeno. Un oso más y se animó a preguntar.


— ¿Qué pasó?


El sueco se encogió de hombros y dió un nuevo bocado a su regaliz. Se acomodó de mejor manera en el asiento y acabó cruzando las piernas cual príncipe bien educado.


— A mi padre no le gustó mi actuación.


Otro puñado de osos fueron a llegar a la boca del español.


— Para ser tu primera vez, tampoco estuvo tan mal. – el sueco miró intrigado al español. ¿Cómo sabía él que era su primera misión? Sin embargo, le dejó proseguir – Mi primera vez, me asusté tanto que salí corriendo en dirección contraria... – mascó otro oso y ladeó el rostro – y vomité... En los zapatos de mi abuelo.


El gesto de disgusto primó sobre la capa de altanería de su sueco amigo. Incluso él pudo verlo, o quizá, tenían una conexión tan profunda que no podía ocultar algo así.


— Me siento aliviado, entonces. – sonrió, ocultando su pesar el vampiro – No fue tan penosa como cree Padre. – terminó su regaliz y lamió los dedos que quedaron manchados por el dulce.


— ¿Porqué atacar a nuestra familia? – fue directa su pregunta. Sabía que cuanto más tiempo pasara con Afrodita, más difícil resultaría apartarse de él.


El sueco tomó aire y robó un par de osos del paqueteofrenda del lamentoantes de contestar.


— Padre da órdenes y el resto acotamos – un oso rojo se coló entre los que extrajo; con un gesto de lo más natural, tendió éste al español, que lo tomó en sus manos de la misma forma –. No hay preguntas ni ruegos.


— ¿Por eso huías de ellos? – preguntó sin maldad el cazador, cediendo uno de tonalidad verde a modo de intercambio. Fue el turno del sueco de tomarlo sin mayor fricción entre ellos.


— Entre otras cosas, sí. – la cantidad de dulces fue bajando cada segundo que avanzaba – Nunca me ha tenido en alta estima. – degustó el oso verde y miró a la luna, extremadamente brillante en lo alto del firmamento – Aunque supongo que tiene que ver con eso que lleva buscando años.


— El motivo de vuestra mudanza – el sueco asintió a tal afirmación.


— Lo más que sé, es lo que dicen los rumores: busca una especie de... – tensó el rostro, tratando de recordar – amuleto; un objeto que le ayude a convertirse en – gesticuló, imitando a su padre cada vez que mentaba aquello – ser supremo. Tiene la estúpida creencia que arrebatando aquello a los humanos, obtendrá poder sobre el resto de los clanes. Pero es mentira, tan sólo le siguen por miedo.


— ¿Algo así existe? – indagó Shura, sintiendo que ya era normal que ambos compartieran espacio.


Fue el turno del vampiro de alzar los hombros.


— Personalmente creo que es una soberana tontería; pero nadie se opone – volvió a mirar a la luna, sin poder evitar que sus pupilas cambiaran a tonalidad rojiza –. Para mi familia soy la oveja negra por creer en una posible paz entre especies.


Dejó de observar la luna y posó su mirada en el español, que estaba disfrutando del último puñado de osos. Detuvo su deglución cuando escuchó su declaración y se echó a reír.


— ¿Paz? – carraspeó cuando notó la seriedad en el rostro del rubio y se incorporó para quedar mirando a éste – ¿De verdad lo crees posible?


— No lo sé, Shura. – tomó aire y lo dejó escapar lentamente – Dímelo tú.

El silencio se instauró entre ellos de nuevo pero no importó. Para el par, parecía que los años no habían transcurrido más que para acentuar y moldear su cuerpo a voluntad. El vampiro volvió a admirar a la luna y el cazador, sacó un nuevo cigarro de su pitillera para, acto seguido, prenderlo y degustarlo con parsimonia.


Si se sinceraba, por más que seguía los estándares de su familia, él no quería pelear contra nadie; no con el fin de aniquilar a toda costa a cualquiera que se encontrara a su paso. Pero contemplar una posible paz, era algo que no parecía encajar en la mentalidad de su familia. Negó tras una nueva calada y miró el perfil del sueco. ¡Por todas sus creencias!, se había vuelto tan jodidamente atractivo....


Se vio descubierto cuando Di volteó a mirar al cazador y, de nuevo, sus miradas se apartaron, dejando a ambos con una sonrisa mal disimulada en sus rostros.


— Estaría bien – habló al fin Shura, retomando su cigarro – Eso de la paz...


Afrodita asintió, haciendo un movimento sobre el bancal y quedando un poco más cerca del español. Éste, ladeó el cuerpo y dejó que el rubio apoyara la cabeza en su hombro. No era la primera que aquello sucedía, y a juzgar por ese reencuentro, tampoco sería la última.


— Estaría bien. – reafirmó el vampiro, cerrando los ojos al percibir el aroma de su amigo y notando como todos los vellos de su cuerpo se erizaban ante esa calidez tan propia del cazador.


Lo que ninguno de los dos percibió fue que, escondido entre los matorrales próximos al parque, el tío dibujante de Shura, se hallaba espiando, con recelo y malestar, a su sobrino.


Ni tampoco, como a las afueras de ese mismo lugar; en lo alto de uno de sus árboles, uno de los vampiros más sangrientos del clan, espiaba al par con su perfecta agudeza visual y la sangre hirviendo dentro de su cuerpo.


La paz ... distaba mucho de estar cerca para el par. Pero de eso, ya serían conscientes en el futuro más inmediato.


ENGENDRO

La paliza no se había hecho esperar, así como su represión en una de las celdas del sótano de aquella enorme casona.


Había dejado de intentar forzar los barrotes. La sabiduría milenaria de su especie, llevaba siglos de ventajas a su fuerza sobrehumana y el baño de éstas en esmalte bendito, las hacía imposibles de romper para los vampiros.


Tampoco era como que tuviera muchas ganas de escapar: a la fin, seguía estando preso, hubiera o no, rejas de por medio.


Los pasos de su padre y su hermano, se escucharon hasta detenerse justo frente a él.


Quiero creer... – comenzó a hablar su padre, tras callar a su otro hijo – que obtuviste información de la runa, que fue eso por lo que te acercaste a ese... – el gesto de desprecio, acompañó a su voz rasgada –Cazador.


Afrodita tan sólo miró a su progenitor pero siguió en silencio. ¿Qué más iba a hacer? Nada sabía de ese dichoso objeto; ni siquiera su existencia.


El golpe sobre las rejas resonó en toda la estancia.


¡Habla de una vez, maldito engendro!


Admitiría sólo para sí, que el miedo recorría su cuerpo cuando su padre lucía así de enojado. Pero no quería ceder. Cerró los ojos un microsegundo y se aproximó a la parte de la jaula donde su padre le hablaba, luciendo impasible ante el par que le observaba.


No existe tu tan preciado objeto, Padre.


¡Mientes!– el hombre, iracundo, dio una vuelta sobre sí mismo antes de meter la mano entre las rejas, tomar el cabello de su inútil hijo, atraerlo con fuerza hasta las verjas y propinar asi un fuerte golpe en el rostro del joven vampiro. El quejido del muchacho así como el sangrado de su frente, no detuvieron el agarre del anciano – Cada segundo que pasa, me produces más asco – habló directo en el rostro ajeno. Tensó más el agarre, se aproximó hasta acortar todo espacio más allá de los barrotes y lamió la sangre de aquella herida; – si no eres útil de una forma – lo soltó dandole un empujón, quedándose con un pequeño mechón rubio entre los dedos y al muchacho, tosiendo en el lado contrario a los barrotes. –,lo serás de otra.


La cicatriz del rostro del anciano se volvió un poco más tersa tras aquella lamida. Los pura sangre tenían muchas habilidades aunque bien parecía que ninguna de ellas, iba a serle de utilidad al lord.


Padre...– susurró el mayor, con real ansia, sin poder evitar que la emoción se desbordara por sus poros.


El hombre, volteó a mirar a su primogénito, alzó la mano para acariciar su mejilla y asintió, antes de comenzar su marcha de aquel húmedo lugar.


Mantenlo con vida. Quizá sirva como alimento para los infantes.


Acto seguido, Afrodita quedó a solas con el mayor de sus hermanos. No era la primera vez que sucedía en su escueta vida, y sabía, no sería la última. Alzó el rostro para ver cómo, despreocupado, se retiraba la gabardina y sacaba las llaves de la celda del cinturón de su pantalón.


Esa maldita sonrisa, socarrona y llena de ego... Era tan parecida a la de su padre y tan distinta a la propia.


Bueno, de nuevo solos, hermanito...– entró a la celda y acortó todo espacio para tirar de su cabello y hacer que el rubio se levantara –Y está vez, tengo permiso mientras te mantenga con vida. – la risa inundó, no solo sus oídos, sino también su ser entero. Tragó saliva pero aguantó estoico por lo que vendría.


El rubio de cabello corto y rostro despreciable, afianzó el agarre con el menor, se acomodó bien cerquita de éste y tironeó del cabello para dejar expuesto el cuello. Esa maldita sangre era la más adictiva que hubiera probado en su vida.


Salivando ante la sola idea, lamió toda la extensión del cuello de su hermano menor, aspiró el aroma frutal y dulce que emanaba y, sin más, clavó sus colmillos en la nívea piel, succionando con fiereza hasta saciar su apetito.


Sin embargo y, aún a pesar del asco, del desprecio y del miedo, Afrodita se mostró impasible. Su rostro no mostró nada más que determinación: los que debían morir, cada vez tenía más claro, eran todos los de su especie.


Y tal como ya sabía, alimentarse para algunos vampiros era un acto demasiado placentero. Notó como la mano izquierda de su hermano abandonaba el cuello para bajar hasta la parte más íntima de su espalda; tirar de su ropa hasta rasgarla y empujarlo sobre los barrotes de nueva cuenta.


El mayor se pasó el brazo por la boca, limpiando los restos de sangre y relamiéndose éstos después.


El menor apartó la mirada y esperó el siguiente movimento. No sería la primera vez que aquello sucedía, y temía, tampoco sería la última.


Ya eres todo un adulto, hermanito – Radamantis, que así era conocido el primogénito de su padre, volvió a acortar todo espacio, ahora, desnudo de cintura para abajo –Veamos qué más tienes que ofertar.


Volvió a agarrar del cabello al pura sangre, tiró de él hasta dejarlo aplastado contra los barrotes y se posicionó detrás para entrar de una sola vez mientras los colmillos desgarraban otra zona del cuello del menor.


Afrodita, cerró con fuerza los ojos y se sujetó con la misma presión de los barrotes. Pero tal como se prometió a sí mismo: su hermano nunca escucharía ni un solo sonido escapar de su garganta. Ni uno sólo, por más que le usara y humillara a voluntad.


Sin embargo, el también era vampiro, uno inexperto y joven, incapaz aún de controlar ciertos instintos. Su perdición fue buscar en su mente al español. Su fuerte cuerpo, sus músculos bien formados, su voz dominante y esa forma en la que lo dejó preso bajo su yugo en aquel granero. Su cuerpo traicionó al raziocinio pues por un instante, no era su hermano quién lo penetraba con fiereza sino Shura...su Shura. Se perdió en esos ojos frente al espejo empañado y ahí, comprendió su error.


Lo hiciste bien,hermanito. – su ensoñación terminó abruptamente ante la voz de su hermano.


En cuanto se vio desprovisto del peso ajeno, cayó por los barrotes, desilusionado consigo mismo. ¿Cómo había podido? Acababa de condenar al cazador y a su familia entera.


La celda se cerró con un golpe y el inconfundible traqueteo de las llaves. El mayor se vistió con parsimonia sin dejar de mirar al que veía como su presa.


Gracias por ceder la información – acomodó la gabardina mientras hablaba, ronco y sereno – Ahora, podremos darles caza.


Ante esa declaración, Afrodita se levantó en un sólo movimiento y tironeó de los barrotes.


¡Espera! – suplicó por primera vez – ¡Por favor, no! – volvió a hacer ruido pero su hermano ni siquiera volteó – ¡Radamantis! – alzó más la voz – ¡No lo hagas!


Mostrar desesperación no sirvió más que para escuchar la risa de su hermano, que se iba perdiendo en la lejanía del sótano.


¡Por favor! ...– susurró, dejándose caer sobre el piso metálico. Abrazó sus piernas y dejó que todo el dolor y la rabia sentida aquel día, abandonaran su cuerpo a modo de lágrimas. – Shura...

 

Sí. Debía avisarle, a como diera lugar. Alzó el rostro y buscó algún objeto cercano que pudiera usar a modo de espejo. Sin embargo, no encontró ninguno. Sopesó sus opciones con el pecho ardiendo en desesperación y encontró una momentanea solución.

 

Sacó sus colmillos, los clavó en su propia muñeca y dejó que el líquido cayera con bravura sobre el suelo. Necesitaba una superficie lo suficientemente grande.


Las heridas se cerraban y se veía en la obligación de abrirlas de nuevo hasta que sintió que era suficiente.


Tomó aire y se arrodilló sobre éste, empapando sus propias manos con su sangre. Echó un último vistazo a la entrada para asegurar que estaba solo y cerró los ojos, centrándose en la imagen de Shura y en la calidez que sentía estando a su lado.


— «Aquel al que deseo, muéstrame.» – susurró en idioma arcaico, mostrando ambas palmas sobre la superficie roja.

 

Abrió los ojos para encontrarse con la mirada del cazador. Se aproximó hasta éste, desesperado.


Van a daros caza, Shura. Debéis huir. Conocen vuestro paradero.


Pero por más que hablaba, el moreno no se movía de su posición. Quiso insistir pero la debilidad propia del reciente encuentro, cortó la comunicación con el cazador.


— ¡Mierda! – susurró antes de perder la consciencia y caer sobre el mismo charco de sangre.


AFILADO

La discusión no se había hecho esperar. En cuanto puso un pie en la casa, su tío lo sacó de ahí, a base de empujones.


Y aunque ya era adulto como para no ocultar su molestia, tampoco quería errar ni hablar de más, sin saber el motivo de su tío para aquel acto.

Sin embargo, el primer golpe le pillo desprevenido: un derechazo directo a la mandíbula. Tal fue la sorpresa de Shura, que acabó cayendo de culo sobre el suelo.


Alzó la mirada para protestar, pero su tío, fue más ágil y experto. Se abalanzó sobre él y lo tomó con fuerza del cuello de la camisa.


- ¿Es que te has vuelto loco? - preguntó desde su posición, el mayor, lanzando otro golpe al rostro ajeno. Empero, éste no llegó pues Shura logró detenerlo a tiempo. - ¿Porqué no lo mataste, imbécil?


Ni siquiera se veía en la tesitura de contestar. ¿Qué iba a decir, de todas formas? No lo mato porque no quiso... Hasta él sabía que esa no era una respuesta en condiciones para alguien que caza vampiros.


Su tío quiso lanzar otro ataque pero Shura era más ágil mentalmente.

Recordó que estaban en el suelo, en las afueras de la casa; atrapó un puñado de arena y lo lanzó al rostro de su tío, cambiando momentaneamente las tornas.


Se levantó con prisa mientras el anciano se limpiaba la tierra del rostro y los ojos.


Buscó rápidamente algún elemento que le diera ventaja en aquella pelea - que no iba a terminar en breve -, hasta dar con una de las cuerdas que sujetaban a los animales. Se apoderó de ella y regresó dónde su tío, ya se incorporaba con cierta dificultad debido a la edad.


- No busco pelea - habló al fin el menor.


Pero no importó, el mayor se lanzó a la carrera, medio agachado cual reno, para tomar impulso y llevarse así a su sobrino hasta la tierra de nueva cuenta. El sonido que produjeron al caer, despertó a las gallinas, que salieron despavoridas de sus respectivos lugares.


- No. - respondió el tío, usando el peso de su cuerpo para impedir el movimento del más joven - Lo que quieres es que nos maten a todos.


- Eso no es cierto - debía callar pero también se cargaba su propio ego, Shura. Podría ser un tanto antisocial pero tenía los valores bien marcados y arraigados. La familia era intocable; era algo que hasta Afrodita sabía. - Jamás dañaría a la familia.


- ¡Mientes! - otro golpe del mayor fue lanzado.


Sin embargo, ésta vez, Shura fue más rápido. Aprovechó el movimento del mayor para hacerse a un lado, empujar a su tío hasta hacerlo caer de bruces contra el suelo y acabar él, encima, tomando la cuerda a toda prisa. Su objetivo en ese momento era atar a su tío para tratar de hablar con él.


Aún así, Shura seguía siendo menos experto. La risa de su tío le desubico pero comprendió en ese mismo instante, que estaba justo donde su tío quería.


Éste, ubicó las manos en el suelo y tomó impulso para levantarse, provocando que el menor se tambaleara; accedió a una de las barras de metal con las que limpiaban el corral y le propinó un golpe en la pierna izquierda a su sobrino.


El sonido del hueso rompiéndose así como el gemido que escapó de la garganta de Shura, hicieron a las gallinas, volver a buscar refugio.


Y mientras, el menor trataba de pensar en algo que no fuera ese intenso dolor, su tío daba por ganada esa batalla.


- Serás pasto de vampiro, muchacho. - indicó, con la ira remarcada en cada palabra - Antes te mato con mis manos que dejar quetus amigos- dijo con desprecio - hagan daño a los míos.


Shura se levantó e intentó retomar la batalla. Sin embargo, antes de poder alcanzar el rastrillo metálico, su tío se había lanzado de nuevo contra él, barra en alto. Su única intención, matar a su sobrino, al parecer.


Volvieron a caer en el suelo, y esta vez Shura vio difícil la escapada. Su tío había vuelto a darle un golpe - que pudo detener con el antebrazo derecho - y alzaba de nuevo la barra con la intención de golpear en la cabeza.


Alzó las manos hasta tomar la barra con ambas y batallar hasta que su tío entrara en razón o esa barra acabara por darle muerte. La segunda opción, ni siquiera era una opción para él. Asi, mientras retenía con todas sus fuerzas el avance de su tío, buscaba una posible salida a aquella situación.


Miró de soslayo alrededor y volvió a enfocarse en la barra. Justo en ese momento, en el metal de la misma, vio a Afrodita, con el rostro lleno de sangre, con un gesto de desesperación en sus ojos.


Sin embargo, y por más que veía esos labios moverse, no podía entender nada de lo que decía. Además de no estar en una situación en la que pudiera prestar atención al movimento de esos labios.


Mierda, que no podía ni moverse o perdería la batalla. Cerró un microsegundo los ojos para retomar impulso pero la imagen del vampiro había desaparecido de la superficie metálica.


Su cerebro procesó la imagen recibida del rubio. Lanzó un último empujón a su tío y casi gritó cuando comprendió.


- ¡Saben dónde estamos! - la voz salió más alta de lo que pensó pero no podía pensar más allá de su familia y sus sobrinos pequeños. - ¡Vienen para acá!


Su tío detuvo todo movimento ante ese último cambio. Conocía a esa persona desde que era un bebé y esa... Amenaza, sonó real, preocupada y reciente. No. Su sobrino jamás usaría algo así para librarse de un reto.


- Los niños. No estás en condiciones de pelear.


Shura asintió y pretendió avanzar pero antes de dar un mero paso, la luz brillante apareció en medio de la explanada que daba a la casa. Dentro de ésta, los mayores se levantaban raudo de sus camas para proteger lo que era suyo.


Suerte que la familiaSuárezllevaba siglos en esas tierras y tenían mil formas de escapar, dada una emboscada.


Para cuando Shura consiguió llegar a la entrada principal, sus padres y tíos, ya se habían enfrascado en una batalla cuerpo a cuerpo con los recién llegados.


Decidido, sacó el par de estacas que aún cargaba en el bolsillo interno de la gabardina y, obviando el dolor de su pierna, se lanzó hacia el vampiro que amenazaba con atacar a su madre por la retaguardia.


- ¡Cuidado, madre! - gritó saltando sobre el pálido ser y abrazando a éste por el cuello.


Alzó la estaca al aire pero su madre fue más rápida, volteó tras su advertencia y con un ágil movimento, atravesó a éste vampiro con la estaca de nogal oscura. Un chillido agudo acompañó al ya inerte cadáver, que cayó convertido en polvo gris sobre la arena.


Cruzó la mirada con su madre y ambos asintieron, listos para continuar el combate. Sin embargo, justo cuando parecía que su familia tenía la batalla ganada, un nuevo estallido de luz, les hizo retroceder en sus posiciones.


Cuando ésta desapareció, los vampiros se postraron en una rodilla en dirección al recién llegado.


- Propongo un trato - comenzó a hablar, seguro de sí mismo, el primogénito del clan. La risa se le escapó sola, antes de proseguir - Denme la runa y les dejaremos vivir en paz.


Radamantis era un negociador; había aprendido de Padre, habilidoso como ninguno. Detuvo su caminar, a unos metros de distancia, mostrándose altanero y seguro como nadie.


- Un trato justo - alzó los brazos mostrando las palmas y los vampiros, se reunieron tras él -, ¿no creen?


La familia sopesó sus opciones. Sin embargo, sólo su abuelo - el líder -, dio un paso al frente, antes de hablar.


- No eres más que un niño - había estudiado bien quién era su interlocutor: el hijo mayor del líder del clan, sí y aún a pesar de su mediana edad, ya era temido y seguido por los suyos. Se decía entre los cazavampiros, que sería el sucesor a falta depurasangres. - ¿Qué sabes tú de la runa?


- Respuesta incorrecta, anciano - la sonrisa macabra del rostro del rubio, se amplió. Hizo un pequeño gesto con la mano y todos los vampiros presentes se prepararon para entrar a la batalla.


Sin embargo, un tiroteo y el rugido de muchos vehículos, resonó en aquella finca. Antes de poder actuar, el grupo de vampiros, se vio acorralado por unos cuantos clanes de cazavampiros más.


Radamantis chistó, vio a su alrededor con desprecio y enfocó su mirada en el viejo frente a él.


- Ésto no acaba aquí, viejo decrépito - alzó el dedo acusador hacia él y rebuscó entre los presentes a quien quería hallar. La risa se volvió a escapar sola. - Mi hermanito te manda saludos, Shura. - Como le gustaba tener el control y hacerlo saber... En eso, era hijo de su Padre - Lástima que no puedas escuchar sus gemidos. Son puro deleite.


- ¡Hijo de... - quiso contentar, dando un paso adelante.


- ¡No cedas a sus provocaciones! - interrumpió su tío, que había llegado a su lado y le había impedido el paso, poniendo la misma barra de hierro con la que le había lastimado.


La risa de Radamantis volvió a sonar antes de que el brillo se hiciera presente, desapareciendo los vampiros con ésta.


- Tienes mucho que explicar - fue su abuelo quien, sin siquiera voltear a mirarlo, se dirigió a Shura. Odiaba esa sensación de traición así familia, porque a su ver, ser amigo de Afrodita, jamás sería considerado como algo negativo.


Y aún así, las palabras de ese vampiro y la visión previa de su amigo, hicieron que su mente y su corazón, se llenaran de dudas y opresión: ¿Qué le habría pasado a Di?


- ¡Andando! - el empujón de su tío hacia el interior de la casa, le hizo regresar al presente.


Y las gallinas, picotearon el suelo removido, en busca de comida.


 

CONDENA

- Deberías alimentarte - fue su siempre amable madre, quien atendía las pequeñas heridas que aún quedaban en su cuerpo. - Las mucamas estarán encantadas de servirte, mi pequeño.


Miró tras su madre, para verificar sus palabras. Las dos muchachas se encontraban de rodillas en su dirección, con el cabello apartado a un lateral del cuello - dejando éste expuesto - esperando la orden que él no daría. Rodó los ojos y volvió a enfocarse en su madre.


- No lo haré, madre.


La mujer suspiró y negó antes de retomar la tarea de asear a su primogénito y único hijo. Sin embargo, mandó a una de las mucamas a por unos conejos, mientras la otra, seguía en la misma posición.


- Eso es otra de las cosas que le parecen desagradables a tu padre. - frotó la espalda ajena, con la molestia que sentía ante aquella extravagancia de su hijo - Deberías hacerlo, Afrodita. Los humanos aportan más nutrientes que esos animales peludos que consumes.


El mentado tomó aire. Era mejor callar; no quería tener problemas con su madre. En ese momento, el sonido de unos pasos retumbó por el pasillo hasta llegar a la oscura habitación del sótano.


- Fuera de aquí, mujeres - ordenó el gran líder. El menor se tensó ante esa orden. Sólo de pensar en quedarse a solas con su padre, se le erizó el escaso vello de su cuerpo.


- Madre se queda - informó, con esa fría indiferencia que empleaba como máscara, el menor.


El vampiro anciano, sopesó el ruego realizado. Miró a la mujer, por encima del hombro y dió un paso más, hasta quedar en el borde de la bañera en la que estaba sumergido el menor.


- Hablemos de tu última fechoría - se dirigió al menor, aún sabiéndose mejor que él - Hazla partícipe.


El vampiro menor, tensó la mandíbula y miró a su madre antes de tomar su mano y depositar un beso en el dorso de esa fría y nívea piel. La madre se levantó del suelo, hizo una reverencia al hombre que amaba y se retiró, dejando a solas a ambos varones.


- Vístete - ordenó una vez a solas, el mayor. - Tu nueva misiva está por comenzar.


Afrodita siguió la orden, aunque sabía perfectamente el motivo de enviarle a alguna misión; su padre quería alejarlo de aquella guerra... O eso pensó, en su pueril inocencia.


El mayor, hizo aparecer un folio cuando el menor se terminó de vestir y se lo cedió, raudo.


- Si quieres demostrar tu valía, debes capturar y traer a ese humano ante mí.


Afrodita tomó el papel, vio el rostro dibujado y entró en pánico. Por un segundo, no pudo ocultar su temor.


- Padre - se recompuso para mantenerse altivo - ¿Con qué fin traería a un humano a la guarida?


El anciano acortó todo espacio con su hijo, tomó un mechón de su cabello rubio natural y lo acomodó con falso mimo tras la oreja ajena. La sonrisa macabra se le escapó.


- ¿No es obvio? - bajó la mano hasta el mentón para obligarle a mantener la mirada - Por muy pura sangre que seas, tendrás que hacer el ritual y ese humano... - se le escapó la risotada tras soltar al menor de sus descendientes - Es perfecto para tí, ¿no crees? - le dio la espalda al joven vampiro - Tu hermano Radamantis lo eligió para ti. - Volteó el rostro para mirar de soslayo al engendro de su hijo - ¿No te parece todo un detalle?


La risa del mayor se escuchó en la estancia. Afrodita volvió - en silencio - a mirar el retrato que habían hecho de Shura y tensó de nuevo la mandíbula. Aún estaba enfrascado en sus propios pensamientos para escapar de aquella locura cuando su padre, volvió a hablar.


- No me importa cómo lo hagas pero lo harás, así tenga que traer ambos aquí con mis propios medios - volvió a acortar todo espacio, tomando en un sólo movimiento, la muñeca del menor. Tiró de ésta y la dejó a la altura de su propio rostro - Y créeme, resultará fácil.


Sin más, clavó los dientes en ese pequeño espacio y succionó con fuerza. El gemido sí escapó involuntario de la garganta del menor: su padre era bruto y no tenía miramiento alguno al ejercer presión: no era la primera vez que desgarraba sus tendones y sabía, no sería la última. A modo de defensa, apoyó la otra mano en el pecho ajeno y cerró los ojos.


- Demasiado rápido - se quejó; comenzaba a marearse. Dió un golpe en el pecho con la mano libre e intentó soltarse nuevamente - ¡Basta! - ejerció mayor fuerza, liberándose de la prisión de su padre pero éste le regaló una bofetada tan fuerte en el rostro, que su labio inferior comenzó a sangrar.


- ¡No vuelvas a detenerme, engendro! - Antes de poder protestar, su Padre se había lanzado sobre él, quedando ambos postrados en el suelo y ésta vez, ejerció tal fuerza con su cuerpo que el menor no pudo librarse del agarre - ¡Cumple con tu cometido, niñato!


Mostró los colmillos y los clavó con fuerza, odio y desdén, ahora, en el cuello níveo de su descendencia.


El joven vampiro aguantó estoico el dolor del nuevo desgarro mientras su muñeca se curaba por momentos. Cerró los ojos y esperó a que su padre terminara de usarlo a voluntad. Unos eternos segundos después, el anciano - un tanto más joven y ágil - se incorporó, limpió el pequeño camino de sangre que descendía desde la comisura de sus labios y miró a su hijo, desde esa posición tan elevada. Afrodita ni quiso mirar a su padre. Se mantuvo inmóvil, esperando que el anciano abandonara su pequeña estancia.


- Quiero a ese humano aquí para mañana por la tarde - dió un pequeño puntapié al menor para llamar su atención - O la estúpida de tu madre será alimento para los recién llegados.


Afrodita miró al techo y esperó a que los pasos de su padre desaparecieran en la lejanía. ¿Qué iba a hacer ahora? En pocas palabras había amenazado, no sólo a él sino, a Shura y a su madre porque, estaba seguro, el vampiro Padre siempre hablaba en serio.


Sin embargo, ¿cómo iba a dar caza a Shura? ¿Existía alguna posibilidad de que esa pesadilla constante, terminara de una vez? Cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire. Si no pensaba en algo rápido, los tres, estaban condenados a la extinción.


Los primeros rayos de sol comenzaron a asomar por el ventanal; acompañando el silencio que cada mañana inundaba la mansión. Fue entonces que el ruido inconfundible de las patas diminutas de los conejos, llamó su atención.


Cómo odiaba haber nacido con su condición...


Suspiró con pesadez mirando a los indefensos animales, antes de dar alcance a uno de ellos, provocando así, que las prendas recién colocadas, se tiñeran, un poco más, con sangre.


RUNA ELEMENTAL

El resto de la noche fue más larga de lo que hubiera querido. Aunque agradecía el echo de no tener que dar explicaciones, más allá de su anciano abuelo, sus padres y su tío, que se opuso rotundamente a marcharse de la cocina donde se habían reunido.


La pierna había sido atendida por su madre, que ahora repartía café en cada una de las tazas.


Y aunque había contado la mayor parte de la historia, los sentimientos que afloraban cada vez que pensaba en el vampiro, los había dejado en ese arca que guardaba para sí mismo.


— Toma esto, te hará bien – su abuelo había depositado unas pastillas en su mano, trayendo su dispersa mente, de regreso, a la realidad.


— Gracias – las tomó junto al café que le entregó su madre y esperó que hicieran algún efecto.


— ¿No hay nada más? – indagó su padre, que no había dejado su postura de cazador ni un sólo instante. Al parecer, estaba molesto con su hijo.


Shura negó sin dejar de mirar la superficie marrón de la mesa.


— Ni siquiera supe que era vampiro hasta el ataque en la casona.


— ¡Eso es imposible! – su tío, dio un golpe en la mesa junto a esas palabras – ¿Cómo no te ibas a dar cuenta? ¡Era media noche! Sólo esos engendros andan por ahí a esas horas.


Shura no se quedó callado. Devolvió la mirada amenazante a su tío y tensó el agarre que ejercía sobre el asa de la taza.


— Yo andaba en la calle a esas horas – su voz estaba marcada por la molestia – Para mí, no era más que un niño normal. ¿O es que yo también era un engendro?


— Calma los dos – dictó el capataz. Alzó la mano para que el mayor de ambos se callara y volvió a fijarse en su nieto – Así que, nunca viste nada extraño que te hiciera imaginar que no era humano y siempre andaba solo – dió un sorbo de su café y tras un largo instante, retomó el habla – Quiero creerte, chico... pero que un vampiro se comporte así, no es habitual. Menos, dada su condición: el primer pura sangre en siglos.


Shura encogió los hombros. Había aprendido mucho pero no tanto como para comprender porque tanta fascinación con la sangre pura. Quiso comprenderlo; quizá, así pudiera ayudar a Afrodita.


— ¿Qué más da si su sangre es pura? ¿Eso cambia su condición de vampiro o algo así?


Los mayores se miraron antes de asentir en dirección al padre biologico del joven. Éste, se levantó con un suspiro y rebuscó en uno de los cajones de la cocina.


— No vemos motivo para seguir ocultando esto – le tendió una caja pequeña de terciopelo color turquesa a su hijo y siguió hablando – Ábrelo.


Shura, acotó la orden dada. Tomó la pequeña caja entre sus manos y la abrió con sumo cuidado. Dentro de ésta, una piedra cuadrada de intenso color magenta envejecida, lucía impasible su grabado impoluto: una cruz similar a una espada con la punta en dirección al sur de de esa. En la empuñadura, una cornamenta de lo que parecía una cabra.


La tentación fue muy grande, como si aquella piedra, le llamara para ser tomada entre sus manos. Sin embargo, en cuanto hizo el ademán involuntario de tocarla, el anciano se la arrebató de las manos.


— No debe ser usada.


¿Qué? Su mente había quedado atrapada en la visible suavidad de aquella superficie, con el deseo aún latente de poseerla tan sólo para sí mismo. Pestañeó un instante, antes de recobrarse.


— ¿Qué es? – preguntó al fin, el más joven.


— La teoría... – fue su madre quien, depositando un bizcocho sobre la mesa, tomó la palabra – es un dije de poder. Al parecer – siguió enfrascada en su misión de hacer trozos aquel pastel comestible –, los vampiros necesitan de éste para adquirir poder y hacerse más fuertes de lo que ya son por su constitución.


— Es nuestro deber, como cazadores, – prosiguió su padre – guardarlo en buen recaudo y no permitir que esos... Especímenes, se hagan con éste. Eso sería fatal y podría desatar la extinción de nuestra especie.

— Todas las familias de cazadores somos conscientes de su existencia – prosiguió el abuelo –, es nuestro deber y misión adquirida desde los primeros cazadores.


— Cada cincuenta años, se hace el cambio – su tío, se pasó la mano por el cabello tras decir eso –. Desde tu nacimiento, está en nuestra familia.


— No es como que se planeara – apuntó su madre, haciéndole entrega de un pedazo de aquel bizcocho –, simplemente coincidió.


Shura tomó el pastel y le dió un bocado, tratando de procesar lo que escuchaba y enlazando con lo dicho por Di.


— ¿Porqué no destruirla y ya? – preguntó, siempre obvio.


— Muchos han sido los intentos de destruirla – gruñó su abuelo, ya pastel en boca y sin importar los modales –, pero siempre es inútil. Esa maldita piedra es poderosa, chico. Se defiende sola.


Shura asintió justo después, aún sopesando su duda actual.


— Sigo sin comprender, ¿Qué tiene que ver que Afrodita sea un pura sangre?


— Según la leyenda que se nos ha transmitido, sólo un pura sangre puede manejar el poder de esa cosa – habló su tío, negándose a tomar parte del bizcocho –. La actividad de los vampiros ha incrementado estos últimos veinte años. – se encogió los hombros su tío antes de servirse más café – Es por eso que el resto de clanes aparecieron aquí anoche.


— También ha habido más actividad en el resto de familias vampíricas. Al parecer, quieren comenzar algún tipo de guerra para gobernarnos a todos – siguió el abuelo, que intentó tomar otro pedazo del pastel pero la madre de Shura lo impidió de una manotazo.


— Eso encaja... – susurró apartando la mirada, recordando la última conversación con su amigo. – Afrodita dijo que su padre andaba buscando una runa pero que ninguno sabía siquiera si existía.


El silencio reinó en la estancia. Después, el anciano se levantó y dió por zanjada la cháchara.


— Debemos informar al resto y buscar un nuevo lugar donde refugiarse. Pronto caerá la noche. Y seguro traerá invitados no deseados.


Poco a poco todos fueron abandonando la cocina, sin embargo, la madre de Shura retuvo a su hijo hasta que quedaron a solas; se acomodó a su lado y suspiró.


— La situación de tu amigo es compleja, mi vida – acarició la mejilla con creciente vello de su hijo – Debes estar convencido de lo que vas a hacer... – hizo una pausa y bajó la mano hasta el muslo dañado; estaba dolida por lo que iba a decir pero convencida de que era eso lo que su hijo necesitaba escuchar – Si necesitáis cobijo, la casa del pueblo aún está a mi nombre. – tomó la mano del menor – Quizá aún exista esperanza para la paz. – se levantó y acarició su cabellera rebelde – Realmente deseo que así sea.


Shura quedó a solas tras aquella declaración, mientras los primeros rayos de sol, entraban por el estrecho y amaderado ventanal.


PETICIÓN

Ser un pura sangre tenía sus ventajas. La que más le gustaba, si debía escoger alguna, era la facultad de pasear tranquilamente bajo los rayos del sol, sin miedo a resultar herido. Cierto era que sólo podía hacerlo por un breve periodo de tiempo al día pero era agradable; pues además, estaba alejado de su familia, incapacitados de seguirle en esos momentos.


Con una sonrisa en el rostro, paseó por el pueblo hasta que recordó el principal motivo para salir ese día de casa: debía dar caza a Shura. Se detuvo de golpe ante esa idea. Él no quería dar caza a nadie; mucho menos a Shura... Bueno, no al menos, el tipo de caza que pretendía su padre.


Suspiró y retomó el camino, con el paso un tanto más acelerado. Quizá, si hablaba con el cazador, conseguiría llegar a algún acuerdo.


Así que, ni corto ni perezoso, se dirigió - casi a la carrera - hasta el parque donde se encontró con Shura la última vez. Se metió en el bosque de éste y buscó el árbol más fácil de escalar. Trepó cual felino y se acomodó en una de las gruesas ramas.


Una vez ahí, rebuscó, en el bolsillo de su chaleco de cuero, el pequeño dije y cerró los ojos, con éste aún entre sus manos.


— «Sé mi portavoz. Encuentra a Shura y trasmite mi deseo» – susurró para sí mismo, antes de enfocar su mirada en el dije.


Sus ojos se tornaron del mismo color rojo intenso que adornaba el dije y por un breve segundo, éste brillo.


Suspiró cuando se apagó, guardó éste en el bolsillo de nuevo y se preparó para ir directo hasta el bancal donde se encontraran un par de días atrás.


____


Había vuelto a llenarse la taza de café, por lo que aprovechó para asomarse por la ventana. La luz del sol se colaba por ésta y se reflejaba con fuerza sobre el metal que cubría la bancada.


Dió el primer sorbo a su líquido caliente favorito y cerró los ojos, sopesando en lo escuchado y vivido recientemente. Era un milagro que las pastillas que le había dado su abuelo, hubieran mitigado por completo el dolor de su pierna.


Quiso masajear la zona pero la sensación de estar siendo observado fue demasiado intensa. Buscó alrededor mas al no encontrar a nadie, decidió mantenerse quieto. Quizá había sido su imaginación.


— «Ven, Shura...» – escuchó a modo de susurro.


Dejó la taza en el fregadero y se mantuvo alerta, incapaz de creer lo que le acababa de pasar.


— «....Estoy en el parque»


Ahí sí, pudo identificar la voz que le llegó. Resonó tan potente en su mente que su cuerpo entero cosquilleo. Era Afrodita quién le llamaba.


Sintió el golpe de la realidad cuando quiso salir de la cocina para ir a su encuentro y sintió suelta la manga de la camisa: sus ropas estaban rasgadas; todo él tenía manchas de barro y no lucía en buenas condiciones; no, al menos, para un nuevo encuentro con el vampiro.


Si iba a ver a su amigo, debía arreglarse primero.


Media hora más tarde - armamento oculto bajo la ropa y bolsa con dulces en la mano - entró en el parque y caminó sereno hasta el banco donde la vez anterior tuvieran encuentro. No era como que no sintiera todo aquello como una amenaza pero, siendo lógicos: era pleno día, el sol lucía bravo en el cielo y los vampiros, nunca salían cuando el astro rey gobernaba el firmamento... O eso se decía. Ahora ... Ya no estaba tan seguro.


Buscó con la mirada antes de tomar asiento y sonrió. Por el rabillo del ojo pudo ver como una de las ramas de un árbol cercano, se movían y no había ni rastro de viento alrededor. Caminó, aún con la sonrisa en el rostro, hasta quedar bajo la sombra de aquella inusual rama; sacó un pequeño paquete de la bolsa y la alzó hasta casi rozar la rama.


— Pensé que sólo salías de noche.


El objeto fue arrancado de su mano pero, inesperadamente, una ardilla salto sobre su brazo y se metió en la bolsa. Al no esperar aquello, soltó ésta del mismo susto, cayendo ardilla y comida al suelo. La risa estruendosamente hermosa de su amigo, le llegó desde debajo del árbol.


— ¿Ahora haces ofrendas a las ardillas?


— ¡Cállate! – respondió de manera natural Shura, que aún estaba recuperándose del susto. Inevitablemente, la ardilla ganó la batalla a la bolsa y se robó todo el contenido. Shura suspiró – Nos quedamos sin ofrenda esta vez.


Afrodita acortó el espacio con el cazador, se apoyó en el árbol y miró a su amigo. Ni siquiera sabía porqué su padre quería, precisamente, a Shura; pero tampoco tenía muchas opciones, debido a la amenaza. Empero, no tenía ni idea de cómo compartir aquello con el cazador.


— ¿Sabes? Tu padre tenía razón. – Afrodita quedó descolocado por las palabras del humano. Shura, continuó hablando – El amuleto existe.

Afrodita quiso contestar; preguntar más acerca del amuleto en cuestión pero de entre los arbustos y matorrales, salieron una gran suma de humanos, estacas y ballestas en mano.


— ¡A por él! – Gritó el que parecía el líder de los recién llegados.


El sueco miró, incrédulo a Shura. Su pecho se aceleró ante la sola idea de que su amigo le hubiera tendido tal trampa. Y estaba en desventaja, no sólo por su enorme reticencia a pelear, sino porque estaban en pleno día y, como vampiro, sus facultades no eran óptimas. Lo único que pasó por su mente, fue huir; así como las palabras de sus padres, retumbaban en su cerebro: los humanos son perversos.


Debía esconderse a como diera lugar; y debía hacerlo por el bosque, que por momentos, ocultaba el sol y percibía cierta ventaja.


Shura, aún sin comprender la situación, echó a correr tras su amigo. Aunque sus intenciones no eran darle caza como el clan que les perseguía sino darle alcance. Debía explicarle que aquello no había sido obra suya porque esa última mirada con la que se encontró, retorció su pecho de sobremanera.


Sin embargo, el bosque llegaba a su fin y al vampiro se le acababan las opciones.


Para cuando comenzó a correr sobre el asfalto, ya fue muy tarde pues justo en el límite, otro de los clanes esperaba armas en mano la llegada del pura sangre.


Afrodita se detuvo en seco. ¡Debía pensar en algo! ¡Y rápido! Buscó con la mirada hacia atrás, sólo para darse cuenta que estaba acorralado.

Volvió a ver a Shura y a su grupo. La desesperación dejó su cuerpo en forma de lágrimas rojas. ¿Cómo había sido tan ignorante? Pero no sucumbirá. No, sin dar batalla... Por mucho que doliera la traición de Shura, no iba a sucumbir en ese momento.


Tomó aire y juntó ambas manos a la altura de su pecho.


— «Alin*, ven a mí» – de entre éstas, una luz brillante de tonalidad morada, se mostró un instante.


Para cuando la luz se apagó, el vampiro empuñaba dos pequeñas dagas de filo oscuro y empuñadura roja cuál sangre. En el filo del mango, una rosa del más puro color blanco, resaltaba la belleza de la mismas.


Los ojos de Afrodita se tiñeron de rojo y sus colmillos, asomaron feroces, listos para la batalla que estaba por comenzar.

En ese instante, tensó el agarre sobre las dagas, con el único deseo de regresar a los brazos de su madre.


______

*Alin: nombre rumano antiguo, proviniente de calma.


BATALLA

Todo aquello era una locura. ¿Porque dos clanes de cazadores estaban ahí, en ese espacio, rodeando a Afrodita como si fuera el peor de los enemigos? La lógica aprendida era clara: Afrodita era un vampiro; era sin duda un enemigo al que había que dar caza. Pero su mente y corazón, gritaban que no era más que un error. Un error muy, muy grande.


Cuando llegó hasta el final del bosque, el sueco ya estaba tratando de zafarse a todo aquel que se le echaba encima. Varias heridas se dejaban ver a través de las ropas rasgadas. En cuanto vio que un tercero se lanzaba sobre él, no pudo pensar con claridad y dejó que su cuerpo tomara el control.


En un par de zancadas, se ubicó detrás del vampiro y detuvo al atacante con sus estacas. El dolor fue enorme, al darse cuenta de a quien estaba deteniendo.


— ¿Porqué? – gritó con furia cuando su abuelo, trató de atacar nuevamente.


Las estacas chocaron pero el hombre mayor no cedió en su avance.


— Debemos proteger a la humanidad, Shura – volvió a atacar a su nieto, con la rabia de aquel que ha sido traicionado – ¡Apártate!


El gemido de Afrodita resonó más que las palabras de su abuelo. Dos cazadores habían acortado espacio y lanzaban sus armas en dirección al vampiro. Pero éste ya estaba agotado y herido. Y el sol... Comenzaba a enrojecer su piel.


Afrodita respiró con pesadez cuando esquivó la estocada de uno de ellos pero no fue capaz de apartarse del tercer invitado que entró en el pequeño círculo. La estaca fue directa a su muslo derecho, haciéndole perder el equilibrio un instante.


Instante, que fue más que suficiente para que el resto de cazadores aprovechara el momento.


— ¡Ahora! ¡Ya es nuestro!


El vampiro saltó, ignorando el dolor y esquivando el tumulto al último momento. Estaba perdiendo agilidad. Aprovechó para desplazarse lo más rápido que pudo, hasta el bosque nuevamente.


Suerte, esta vez, que el camino estaba despejado de enemigos. Trepó a uno de los árboles tras comprobar que no le habían visto; se acomodó en lo alto de una de las ramas y se quitó la estaca de la pierna con un sólo movimiento, mordiéndose el labio para ahogar el grito.


Malditos humanos, que sí dolía...


Tomó aire y cerró los ojos. Debía ocultarse o sería ceniza en breve. Llevó la mano izquierda a la boca para acallar sus gemidos y se mantuvo en esa posición durante un momento.


Las voces y carreras de los cazadores retumbaban en todo el bosque, así como los gritos colindantes.


Mantuvo la posición de sigilo hasta que el silencio reinó en el bosque y alrededores. Sólo en ese momento, se atrevió - tras mucho pensarlo - a dejar la seguridad de su escondite. La única idea en su mente para entonces, era regresar a casa y abrazar a su madre.


Y aún así, por segunda vez aquel día, cayó en la trampa que los humanos habían preparado para él.


En cuanto puso un pie en el suelo, los primos de Shura se lanzaron sobre él, plan bien armado de antemano.


Uno, el mayor y negado para las armas pero no para la batalla, tomó al desprevenido vampiro del cuello y tiró de él hasta quedar ambos de espaldas sobre el suelo. Afrodita forcejeó para tratar de zafarse del agarre, mas ese tipo era extremadamente fuerte.


— ¡Ahora! ¡Hazlo ya! – gritó el cazador a su compañero, que se lanzó estaca en mano sobre el monstruo.


La estaca desgarró carne y el grito de dolor fue inevitable. Tan fuerte fue aquel grito, que los pájaros habitantes del bosque abandonaron sus nidos y los perros del vecindario comenzaron a ladrar al son del desgarrador sonido.


En cuanto escuchó aquel lamento, Shura abandonó la batalla en la que se había visto involucrado. El corazón lo tenía aún más estrujado que antes.


Pero él no era el único que había retomado la marcha, por lo que se detuvo en seco.


Sus primos, aparecieron triunfantes, con un cuerpo inerte sobre sus hombros y riendo con júbilo.


— ¡Lo tenemos! – gritó el mayor, lleno de orgullo.


— Andando – resonó la voz del líder de uno de los clanes, al comprobar que el vampiro no se movía – No tenemos mucho tiempo.


Shura se quedó estático, no sólo por como su amigo era mostrado cuál trofeo entre los que había considerado familia; sino por la decepción de la confianza rota entre los suyos. Cerró los puños con fuerza y maldijo a todos los presentes. Habían dañado a Afrodita y eso... Eso no tenía perdón.


Pero aún así, siguió a los que una vez fueran sus familiares, con la única idea en mente: comprobar el estado de su amigo y sacarlo de donde fuera que lo quisieran encerrar.


_____


El dolor aún estaba presente cuando abrió los ojos. Tanto así, que no pudo evitar gemir en cuanto tomó consciencia de sí mismo.


— Sé un chico bueno – enfocó la vista e intentó mostrarse impavido, al fin y al cabo, no era la primera vez que estaba preso. –, y no te haremos daño.


Pudo oler la mentira y el júbilo en aquel hombre mayor. Sin embargo, el dolor eramás intenso, volviendo a gemir ante el nuevo intento de movimiento. La risa del hombre hizo que volviera a centrar su mirada en él.


— Grandiosas tus pequeñas – el hombre lanzó sus dagas cual dardos, dañando aún más su cuerpo cuando éstas le rozaron el costado del brazo – Fue interesante estudiarlas.


Trató de removerse, alcanzarlas quizá, mas fue inútil. El hombre volvió a reírse pero la puerta se abrió de golpe.


— Fuera – dijo el recién llegado – Es mi turno.


El hombre gruñó pero se levantó con descaro para salir de la estancia; dejando al recién llegado, a solas con el vampiro.


Afrodita quiso aprovechar el intercambio para soltarse pero no sirvió de nada; las heridas ardían como recién provocadas.


— Es inútil, muchacho – dijo el hombre, tomando la silla, arrastrándola hasta quedar frente al engendro y sentándose después, sin quitarle ojo – Todas nuestras armas están bañadas en agua bendita. Esas heridas tardarán en sanar.


El joven vampiro se removió aún a pesar de las ataduras de sus pies y manos y comprobó la verdad de las palabras ajenas. Cerró - tras gemir nuevamente de dolor - los ojos y exhaló.


El hombre extrajo un cigarro y lo prendió con gracia. De ser posible, el joven vampiro habría jurado estar frente a la versión envejecida y enojada de Shura y eso... Dolió más que las heridas mismas, pues seguía pensando en la traición del que creyera su amigo. De sus ojos, nuevas lágrimas rojas, brotaron involuntarias, aunque eso no impidió que mirara con altanería al hombre frente a él.


— ¿Porqué sigo vivo? – preguntó, tras un momento de procesar su situación. Si no estaba muerto, era por algo. Esperaba entender el motivo en breve.


— Digamos que... – dió una calada a su cigarro y soltó el humo directamente sobre el vampiro, antes de seguir hablando, el cazador – serás nuestra moneda de cambio.


Moneda de cambio. ¿Qué tenían ellos que quisieran los cazadores? El rostro del vampiro debió ser un poema fácil de leer pues el hombre, retomó la palabra.


— Será tu vida por la del Lord.


La vida del Lord...


Sus ojos se abrieron en demasía. Ese cambio, jamás sería posible pues él no era valioso para ninguna de las familias vampíricas, mucho menos, a ojos del mismo Lord.


— Padre jamás aceptará algo así.


El hombre se encogió de hombros y siguió fumando.


— Eso... Aún está por ver.


Dicho lo cuál, el viejo cazador, abandonó la silla y se acercó hasta el vampiro para tomar a éste del cabello y hacer que sus miradas se encontraran.


— No sé qué clase de embrujo le lanzaste a mi sobrino, engendro del mal, pero espero que para el alba el efecto haya pasado – soltó el cabello de manera brusca, tomó las dagas del vampiro, arrancando ambas de la pared y las pasó, marcando la hoja allá donde tocaba, sobre el cuello del espécimen –. No querrás convertir ésto en una rencilla personal, de eso puedes estar seguro.


El silencio volvió a reinar en la estancia mientras el hombre, regresaba la silla a su posición inicial y se sumergía en la lectura del rasgado libro que extrajo de su bolsillo.


Afrodita, tan sólo cerró los ojos y dejó que el cansancio obrara a voluntad. ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba rodeado de cazadores que no dudarían ni un segundo en reducirlo a cenizas.


...pero, el sueño, jamás se apiadó de él.


ENCIERRO

Para Shura, tampoco había supuesto un mar de rosas, el regreso a casa.


En cuanto llegaron, se encargaron de encerrarlo en su habitación, con la única visita de su madre, que era la encargada de llevarle víveres.

Si la ventana de la habitación asignada no hubiera tenido barrotes, ya estaría fuera corriendo en busca del preso. Porque de eso estaba seguro, Di estaba preso; era incapaz de pensar en otro desenlace para su amigo.


El día pasaba entre el pequeño ventanal y el resto de la estancia. Debía agradecer, eso sí, que hubieran tenido la decencia de encerrarlo en una con baño propio.


La puerta se abrió para dar paso a su madre, cargada con una bandeja llena de comida.


— ¿Dónde está encerrado? – preguntó en cuanto la puerta se cerró tras su madre, encarando a esta con todo el sentimiento que guardaba.


Esta negó y depositó la bandeja sobre la cama.


— Lo desconozco, Shura. – se aproximó a su hijo y trató de acariciar su brazo. Sin embargo, éste se retiró molesto.


— ¿No lo sabes o no quieres decirlo? – la molestia no era con ella, eso gritaba su mente pero el resto de su ser, estaba enojado, dolido y molesto... Aunque se desquitara con la persona que menos lo merecía.


La mujer suspiró y se sentó, cuidadosamente sobre la cama. Dió un golpe sobre la colcha, instando a su hijo a hacer lo mismo.


— No creo que esto sea una buena idea, mi vida. – entrelazó las manos sobre el delantal, al tiempo que Shura tomaba asiento – Esto sólo traerá sufrimiento por ambas partes. Y ese muchacho... – ahora fue ella la que parecía frustrada – hasta yo pude ver que no es como el resto de vampiros. Tan sólo se defendió de los ataques.


El silencio se estableció en la estancia, al tiempo que Shura maldecía. Unos minutos después, su madre retomó la palabra.


— Nunca pensé que Ionia fuera tan vengativo – susurró, desahogandose con su único hijo.


El menor volvió a mirar a su madre y apartó la mirada, ante la revelación. Su estúpido tío había sido el artífice de ese maldito plan. Y él, ingenuo... Se había dejado seguir. Sintió todo el peso de la culpa caer sobre sí mismo.


— Sus ojos, madre... – fue su turno de hablar – Había tanto dolor en ellos, que dudo que quiera volver a verme. – se levantó enérgico y con toda la decisión del mundo – ¡Necesito hablar con él! ¡Hacérselo saber! Jamás pensé en hacerle daño. Me... – se calló de golpe al darse cuenta de con quién hablaba.


Sin embargo, su madre ya sabía cuales iban a ser sus palabras. Se le escapó la risa, nerviosa y terminó la frase por su hijo.


— Te gusta, eso ya lo sé, Shura – tomó aire y se levantó, acortando todo espacio con el moreno. Alzó la mano y acarició el rostro ajeno, con el amor incondicional que le procesaba –. Para mí, es más que evidente, mi pequeño.


— Entonces – siguió hablando, decidido, Shura –, sabrás que no voy a parar hasta que estemos lejos de toda ésta locura. – la decisión tomada estaba marcada en sus pupilas – Me importa bien poco quien caiga en ésta batalla, madre. No permitiré que le hagan más daño. ¡No se lo merece!


La mujer asintió, minutos después. Dió media vuelta y se dirigió hacia la puerta.


— Entonces, come y coge fuerzas – prosiguió hablando en dirección contraria a su hijo –. Quizá así, logres trazar un plan.


El enigma quedó expuesto tras esas palabras. Y en cuanto quedó a solas, se dirigió hasta la bandeja que había depositado su madre. Algo le había querido decir y él... Iba a averiguarlo.


Una larga hora después, descendía con extremo cuidado por la tubería que daba a su ventanal. Lento, seguro y con calma; tal como había aprendido desde el comienzo de su juventud.


En cuanto sus pies tocaron el suelo, revisó el entorno y sopesó las opciones; debía pensar como cazador.


De todo esa extensión de terreno, el lugar más óptimo - dado el caso de querer mantener oculto a alguien – sería el subterráneo pero la casa no tenía entrada a éste. Miró alrededor y divisó un tronco dejado caer en medio del recinto de las ovejas. Las ovejas no necesitaban troncos.


Decidido pero cauteloso se dirigió hasta ese punto; rodeó el tronco hasta dar con una pequeña manivela oculta en éste. Tiró de esta y tal como pensó, una trampilla lo suficientemente grande como para darle paso, se abrió ante él.


Sin mucho pensar pero comprando que nadie le había visto, entró en ésta. Bajo sus pies, la oscuridad era casi completa, de no ser por las diminutas antorchas que cubrían las paredes de lo que parecía un túnel. Sin duda, las propiedades estaban bien preparadas.


Pero eso no iba a amedrentarlo. Sacó la daga que su madre había ocultado - junto al pequeño soplete - dentro de la comida y se preparó para lo que pudiera pasar. Despacio, recorrió todo el pasillo, en dirección hasta donde unas voces se escuchaban.


No tardó más de cinco minutos hasta dar con una especie de habitáculo lleno de puertas cerradas. Al parecer, era ahí donde encerraban a los enemigos. Su corazón brincó con fuerza en el pecho; el sonido lastimero de alguien herido, comenzó a hervir su propia sangre.


___


— ¡Esto es divertido! - la risa estridente del hombre resonó por sobre el gutural quejido del vampiro.


Volvió a empuñar la hermosa daga oscura y sonrió, cargando satisfacción en cada una de sus facciones. Se aproximó de nueva cuenta hasta Afrodita y clavó la punta en el niveo pecho.


— ¿Te duele? – al joven vampiro se mordió el labio y cerró los puños apresados. Dolía pero no le daría más que los leves gemidos que se escapaban involuntarios.


La risa volvió a ser sonora. Extrajo la daga de la nueva herida recién hecha y pasó la punta por el rostro, a modo de caricia.


— Tic... Toc... engendro – el mayor incremento el espacio, regresando a su lugar en la silla, de nuevo, bien cerca del vampiro.


El humano mayor se entretuvo volviendo a admirar esas dagas antiguas y la tentación llenó su curiosidad.


— ¿Qué cambios tendría si pruebo tu sangre? ¿Me haré inmortal? ¿Podré romper una piedra con un sólo dedo? – miró al preso, que devolvía una mirada retadora. – ¿Imaginas? Una lucha donde el humano sea más fuerte y poderoso. Gobernaremos sobre vuestra raza.


Afrodita hizo un mohín de desprecio y cerró los ojos. Desconocía cuanto tiempo había pasado pero si cuentas guardias desde su encierro: con el regreso del tío de Shura, eran diez los hombres que se habían turnado.


Mientras divagaba, ese hombre, volvió a clavar la daga en su piel; ahora en el dañado muslo. El grito de dolor se escapó solo; y la risa del mayor, volvió a poblar la estancia.


— Comprobemos qué ocurre...


Urgo la daga aún dentro del cuerpo de Afrodita y provocó que la herida a medio cerrar, volviera a abrirse y derramar en exceso, el líquido vital rojo.


Afrodita quiso moverse o evitar que aquello sucediera pero las ataduras estaban tan bien preparadas que apenas si pudo retirarse un poco cuando el dolor reapareció con fuerza.


El mayor extrajo la daga, al fin y la alzó para contemplarla.


— El color es tentador... – se aproximó esta al rostro y sacó la lengua para saborearla.


Sin embargo, no alcanzo a hacerlo pues de un duro golpe en la cabeza, cayó desmayado sobre el preso, al tiempo que la daga oscura, se insertaba de lleno en la yugular, desgarrandola por completo.


Afrodita miró todo desde su posición; alzó el rostro para ver quién había podido hacer algo así, sólo para encontrarse con la mirada asustada de Shura.


El moreno, tras darse cuenta de sus actos, dejó escapar aquel balde metálico vacío en el suelo. Mas justo cuando alzó el rostro, ambas miradas se encontraron.


Fue tan clara la súplica en los ojos azules del sueco, que Shura recobró la cordura perdida tras atacar a su tío.


Pero Afrodita, lidiaba con los demonios propios de su especie, en ese instante.


PLAN

Shura rompió su posición para buscar la forma de soltar aquellas cadenas; mientras, Afrodita movió la pierna herida con la idea de retirarse el cadáver de encima. Quizá así, consiguiera alejar ese aroma embriagador que nublaba su, ya tocado, raciocinio.


Sin embargo, se arrepintió de inmediato. La sangre expuesta por todo el rostro y cuello humano, estaba volviéndolo loco. Sus ansias por alimentarse fueron demasiado fuertes.


— ¿Cuánto llevo aquí? – preguntó, cerrando los ojos y tratando de centrarse en el resto de olores de aquella estancia cerrada. Tabaco, humedad, polvo, sexo, más tabaco...


— Tres días – fue escueto el español, aún tratando de liberar al que una vez fuera su amigo – cállate si no quieres que nos pillen.


Asintió a las palabras dichas pero el olor a sangre cada vez llenaba más sus sentidos. Incrementó la presión ejercida sobre sus ojos y buscó otra fuente de aromas.


Otro error...


El aroma a roble y espliego de Shura fue lo siguiente que captó. Y fundido en esos aromas, el fuerte y rápido latido del moreno, invadió su oído. El humano quedó expuesto pues, literalmente, tuvo que ponerse encima de su amigo para liberarlo. Cosa que tampoco fue de gran ayuda.


El torso del español quedaba a la altura del rostro del vampiro. Vampiro que se había sumido en el recorrido de aquella vena palpitante desde el tostado cuello del español hasta el punto más recóndito de ese bien formado pecho.


Conejos... – susurró para sí mismo, con la intención de desviar su atención de la más pecaminosa tentación.


— ¿Crees que puedas andar? – la voz de Shura, le obligó a recobrar cierta cordura.


Sintió como sus brazos quedaban libres al fin; se acarició cada una de las muñecas y se volvió a perder en el recorrido de sus propias venas. Maldita sea él y su raza... La necesidad se estaba convirtiendo en peligrosa.


— ¿Estás bien, Afrodita?


La mirada se cruzó con la de Shura, que lucía preocupada. No, claro que no estaba bien. Su vista cedió hasta volver a alcanzar la palpitante yugular. Y sus dientes, se mostraron por primera vez frente al moreno.


El tirón en su brazo para alzarlo del suelo, le indicó que el español no se había dado cuenta de su cambio. Y en lo más profundo - y aún cuerdo - de su ser, agradeció que así fuera.


— Voy a sacarte de aquí, aunque sea a rastras.


El sueco no podía hablar, ni siquiera tenía fuerzas como para dar un par de pasos y no trastabillar en el intento. Pero Shura, también era obstinado.


Este, se ubicó delante del vampiro y se encargó de que su amigo se acomodara en su espalda. A como diera lugar, que saldrían de ahí. Volteó la mirada y sintió lastima por el que fuera su tío; no por él, sino por el dolor que dejaría esa perdida en su pobre madre.


Tomó una gran bocanada de aire y acabó de cargar a su amigo para retomar la salida. Era sorprendentemente liviano su amigo y parecía perder la cordura por segundos. Podía escuchar lo errático de su respiración.

Pero aquello no sucedía sólo por la gravedad de las heridas o por las condiciones de ser preso, como el cazador creyó, sino por la lucha extrema que el vampiro estaba llevando consigo mismo...


El cuello de Shura quedaba peligrosamente cerca; y luchar contra su propio instinto de supervivencia, era algo a lo que no estaba acostumbrado pues siempre había animales cerca para saciar su más baja necesidad.


— Bájame... – imploró con la debilidad que sentía.


— No lo haré – el español fue seco en sus palabras. No iba a abandonar a Di, muchos menos, cuando estaba ahí para sacarlo a como diera lugar.


— ¡No quiero hacerte daño! – alzó la voz, llamando la atención de su amigo humano – ¡Bájame!


Shura, aún sin comprender, accedió a su ruego. Lo deposito en el suelo, a medio camino en el túnel y vio, preocupado, como éste, perdía sus fuerzas hasta quedar sentado en el suelo, con la mirada perdida en algún lugar del túnel y agitado. Acortó todo espacio con el rubio.


— Di, ¿estás bien? – pero su mente lógica, sabía que el tiempo apremiaba y era escaso. Miró alrededor – Deberíamos ponernos a salvo.


Un gruñido se escapó de la garganta del vampiro, a modo de respuesta. Estaba sumergido en la búsqueda de alimento. Cualquier cosa... Que no fuera Shura.


— ¡Aléjate! – volvió a alzar la voz e intentó alejarse él. Sin embargo, la debilidad fue mayor y acabó regresando al suelo.


— Afrodita... – Cuando se trataba de Afrodita, todo él perdía la lógica y el raciocinio. Por ese motivo, se agachó hasta quedar junto al vampiro y tomó sus manos. – estoy aquí, ¿Vale? Pero tenemos que escapar de aquí.


La cercanía del bombardeo; el fuerte y dulce aroma a sangre... Nada estaba ayudando a su cordura. Tal fue, que acabó lanzándose sobre Shura.

Los colmillos habían vuelto a asomar, así como sus ojos, adquirieron esa tonalidad rojiza y sus pupilas se dilataron de excitación.


Shura quedó tumbado en el suelo, admirando el cambio en las facciones del vampiro y percibiendo su necesidad. Sin embargo, no sintió miedo, sino la batalla que estaba llevando a cabo en la mente de su amigo.


— ¡No puedo! – el sueco apoyó la cabeza, tras unos duros segundos de lucha interna, en el pecho de Shura. Estaba temblando, basta el se había dado cuenta – ¡No quiero hacerte daño!


Shura, no pudo más que acunarlo en su pecho, con extremo cuidado debía admitir, pues no dejaba de ser una especie diferente. Su collar vibro en cuanto sus brazos, rodearon a su amigo.


— Está bien, todo está bien – pero no lo estaba. Consciente de la situación, tenían que salir de ahí.


El joven sueco estaba perdiendo la batalla pero aunque conservaba la cordura, desconocía cuanto aguantaría así. Rompió el contacto y se levantó, torpemente, para alejarse del español.


Tengo que salir de aquí. No hay animales – susurró para sí, mientras caminaba lentamente hacia donde, suponía, estaba la salida.


Shura lo observó todo desde su posición, se incorporó y siguió a su amigo, dándole cierto espacio. Justo en ese momento, el dije de su pecho, ardió. El fuego que sintió fue tal, que acabó gimiendo de dolor, tratando de arrancarse éste.


El calor dio paso a un brillo cegador azul. Para cuando el vampiro volteó tras escuchar el gemido, no quedó rastro de luz, ni de Shura.


— ¿Shura? – la preocupación fue todo lo que quedó en su ser; ya ni sed sintió.


Si no regresas, cederé tu presa a Radamantis. Su aroma es tentador...


El mensaje que recibió de su padre, fue más que directo. Maldijo en su idioma natal y continuó con su huida, lo más rápido que sus fuerzas le dejaron.


Shura estaba bajo el yugo de su padre y eso... No era nada bueno.


OJO POR OJO

Shura rompió su posición para buscar la forma de soltar aquellas cadenas; mientras, Afrodita movió la pierna herida con la idea de retirarse el cadáver de encima. Quizá así, consiguiera alejar ese aroma embriagador que nublaba su, ya tocado, raciocinio. 


Sin embargo, se arrepintió de inmediato. La sangre expuesta por todo el rostro y cuello humano, estaba volviéndolo loco. Sus ansias por alimentarse fueron demasiado fuertes. 


— ¿Cuánto llevo aquí? – preguntó, cerrando los ojos y tratando de centrarse en el resto de olores de aquella estancia cerrada. Tabaco, humedad, polvo, sexo, más tabaco...


— Tres días – fue escueto el español, aún tratando de liberar al que una vez fuera su amigo – cállate si no quieres que nos pillen. 


Asintió a las palabras dichas pero el olor a sangre cada vez llenaba más sus sentidos. Incrementó la presión ejercida sobre sus ojos y buscó otra fuente de aromas. 


Otro error... 


El aroma a roble y espliego de Shura fue lo siguiente que captó. Y fundido en esos aromas, el fuerte y rápido latido del moreno, invadió su oído. El humano quedó expuesto pues, literalmente, tuvo que ponerse encima de su amigo para liberarlo. Cosa que tampoco fue de gran ayuda. 


El torso del español quedaba a la altura del rostro del vampiro. Vampiro que se había sumido en el recorrido de aquella vena palpitante desde el tostado cuello del español hasta el punto más recóndito de ese bien formado pecho. 


— Conejos... – susurró para sí mismo, con la intención de desviar su atención de la más pecaminosa tentación. 


— ¿Crees que puedas andar? – la voz de Shura, le obligó a recobrar cierta cordura. 


Sintió como sus brazos quedaban libres al fin; se acarició cada una de las muñecas y se volvió a perder en el recorrido de sus propias venas. Maldita sea él y su raza... La necesidad se estaba convirtiendo en peligrosa. 


— ¿Estás bien, Afrodita? 


La mirada se cruzó con la de Shura, que lucía preocupada. No, claro que no estaba bien. Su vista cedió hasta volver a alcanzar la palpitante yugular. Y sus dientes, se mostraron por primera vez frente al moreno. 


El tirón en su brazo para alzarlo del suelo, le indicó que el español no se había dado cuenta de su cambio. Y en lo más profundo - y aún cuerdo - de su ser, agradeció que así fuera. 


— Voy a sacarte de aquí, aunque sea a rastras. 


El sueco no podía hablar, ni siquiera tenía fuerzas como para dar un par de pasos y no trastabillar en el intento. Pero Shura, también era obstinado. 


Este, se ubicó delante del vampiro y se encargó de que su amigo se acomodara en su espalda. A como diera lugar, que saldrían de ahí. Volteó la mirada y sintió lastima por el que fuera su tío; no por él, sino por el dolor que dejaría esa perdida en su pobre madre. 


Tomó una gran bocanada de aire y acabó de cargar a su amigo para retomar la salida. Era sorprendentemente liviano su amigo y parecía perder la cordura por segundos. Podía escuchar lo errático de su respiración. 


Pero aquello no sucedía sólo por la gravedad de las heridas o por las condiciones de ser preso, como el cazador creyó, sino por la lucha extrema que el vampiro estaba llevando consigo mismo... El cuello de Shura quedaba peligrosamente cerca; y luchar contra su propio instinto de supervivencia, era algo a lo que no estaba acostumbrado pues siempre había animales cerca para saciar su más baja necesidad. 


— Bájame... – imploró con la debilidad que sentía. 


— No lo haré – el español fue seco en sus palabras. No iba a abandonar a Di, muchos menos, cuando estaba ahí para sacarlo a como diera lugar. 


— ¡No quiero hacerte daño! – alzó la voz, llamando la atención de su amigo humano – ¡Bájame! 


Shura, aún sin comprender, accedió a su ruego. Lo deposito en el suelo, a medio camino en el túnel y vio, preocupado, como éste, perdía sus fuerzas hasta quedar sentado en el suelo, con la mirada perdida en algún lugar del túnel y agitado. Acortó todo espacio con el rubio. 


— Di, ¿estás bien? – pero su mente lógica, sabía que el tiempo apremiaba y era escaso. Miró alrededor – Deberíamos ponernos a salvo. 


Un gruñido se escapó de la garganta de l vampiro, a modo de respuesta. Estaba sumergido en la búsqueda de alimento. Cualquier cosa... Que no fuera Shura. 


— ¡Aléjate! – volvió a alzar la voz e intentó alejarse él. Sin embargo, la debilidad fue mayor y acabó regresando al suelo. 


— Afrodita... – Cuando se trataba de Afrodita, todo él perdía la lógica y el raciocinio. Por ese motivo, se agachó hasta quedar junto al vampiro y tomó sus manos. – estoy aquí, ¿Vale? Pero tenemos que escapar de aquí. 


La cercanía del bombardeo; el fuerte y dulce aroma a sangre... Nada estaba ayudando a su cordura. Tal fue, que acabó lanzándose sobre Shura. 


Los colmillos habían vuelto a asomar, así como sus ojos, adquirieron esa tonalidad rojiza y sus pupilas se dilataron de excitación. 


Shura quedó tumbado en el suelo, admirando el cambio en las facciones del vampiro y percibiendo su necesidad. Sin embargo, no sintió miedo, sino la batalla que estaba llevando a cabo en la mente de su amigo.


— ¡No puedo! – el sueco apoyó la cabeza, tras unos segundos, en el pecho de Shura. Estaba temblando, basta el se había dado cuenta – ¡No quiero hacerte daño!


Shura, no pudo más que acunarlo en su pecho, con extremo cuidado debía admitir, pues no dejaba de ser una especie diferente. Su collar vibro en cuanto sus brazos, rodearon a su amigo. 


— Está bien, todo está bien – pero no lo estaba. Consciente de la situación, tenían que salir de ahí. 


El joven sueco estaba perdiendo la batalla pero aunque conservaba la cordura, desconocía cuanto aguantaría así. Rompió el contacto y se levantó, torpemente, para alejarse del español. 


— Tengo que salir de aquí. No hay animales – susurró para sí, mientras caminaba lentamente hacia donde, suponía, estaba la salida. 


Shura lo observó todo desde su posición, se incorporó y siguió a su amigo, dándole cierto espacio. Justo en ese momento, el dije de su pecho, ardió. El fuego que sintió fue tal, que acabó gimiendo de dolor, tratando de arrancarse éste.


El calor dio paso a un brillo cegador azul. Para cuando el vampiro volteó tras escuchar el gemido, no quedó rastro de luz, ni de Shura. 


— ¿Shura? – la preocupación fue todo lo que quedó en su ser; ya ni sed sintió. 


— Si no regresas, cederé tu presa a Radamantis. Su aroma es tentador...


El mensaje que recibió de su padre, fue más que directo. Maldijo en su idioma natal y continuó con su huida, lo más rápido que sus fuerzas le dejaron. 


Shura estaba bajo el yugo de su padre y eso... No era nada bueno.



VENGANZA


VERDAD


CLÍMAX


FIN

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